Implementan el boleto céntrico, el de una hora e incluso el de dos horas.
Me levanto y aplaudo la decisión.
Los médicos me dicen que no debería incorporarme tan pronto ya que las columna no han terminado de soldarse, y que si sigo haciendo palmas se me caerán las manos, que aún penden de un hilo por las horrendas quemaduras de tercer grado.
No me importa, quiero otorgar mi reconocimiento a las cosas que están bien hechas.
Me parece elogiable que el servicio de transporte contemple las necesidades de los menos agraciados. Mini grúas para el ascenso de los discapacitados, lugares preferenciales para embarazadas y sus cónyuges golpeadores, e inclusive asientos enfrentados, para que los gerontes aburridos puedan intercambiar historias de operaciones propias y falsas carreras universitarias de nietos o sobrinos.
Pero como todo blanco (que se precie de tal) tiene su negro (que lo ayude con las tareas cotidianas), tengo algo para reclamar.
Te di tiempo, Salgado. Aguanté muchos años callado. Incluso soporté los cartelitos de “Prohibido Salivar”. Esos que cada vez que veía, llevaban a mi imaginación a ilustrar desagradables imágenes de viejos con complejo de guanaco, desparramando flemas por todo el piso del colectivo. Nunca vomité, contuve la regurgitada para no mancharte el tapizado de los interdepartamentales, y algunas veces, incluso volví a tragar.
Y es porque no me quiero ir por las ramas, señor presidente de CUTCSA, que lo miro a los ojos (tengo una foto suya impresa en la mejor calidad que mi Canon ofrece) y le pregunto: ¿Cuándo? ¿ Cuándo vas a poner ese asiento? ¿Cuándo te vas a dignar a colocar esa alfombra roja y esa mullidita butaca?
Isabel, Madonna, Mirtha. Todas las reinas tienen sus alfombras rojas y sus correspondientes tronos. ¿Por qué entonces las majestades del transporte colectivo no tienen los cortejos y sagrarios que merecen?
La tarea del conductor de un autobús no es nada sencilla. El estrés de saberse responsable de la vida de 37 pasajeros de pie y 42 pasajeros sentados, es muy difícil de soportar. Por eso están ellas. Por eso apareció esa élite, ese grupo de heroínas dispuestas a dar todo de sí (en primera instancia, su dignidad) para que los paladines del transporte (vulgarmente llamados choferes) puedan llevar a cabo su misión, sin inconvenientes.
No es raro subirse a un 468 y encontrar al lado del chofer, una señorita de ligeros ropajes, cargado maquillaje y cuestionable moral (Dije 468, como podría haber dicho 104, 60, 320 o cualquier otro número que simbolice una línea de colectivo)
Y es por ellas que hoy reclamo.
¡Pido por la salud de los gatos del ómnibus! ¡Exijo un asiento atrás del hombro derecho del conductor, para que el putón de autobús pueda poner en reposo su trasero (ya tendrá tiempo de ponerlo en marcha)! Estas golfas merecen más atención de la sociedad. Las turras gomeras conformistas deben cuidar sus piernas ¿Qué chofer las va a querer si le revientan las várices por estar todo el día paradas? Cualquiera, es cierto. Pero no importa. No es ese el punto.
Está todo bien con los desaparecidos y los repatriados que quieren votar, pero yo me pregunto: ¿No es hora de plebiscitar la inclusión de asientos para gatos en todos los ómnibus?
Voten tranquilos. Tabaré, ya no está de humor para vetar.
miércoles 2 de diciembre de 2009
jueves 29 de octubre de 2009
Matízalo J.C.
De un tiempo a esta parte, el timón de mi vida fue tomado por Berugo Carámbula, y sus inquietas manitas hacen que mi existencia tenga tantos sacudones como fábulas inverosímiles la oratoria de la señora Zorrilla.
Incertidumbres, cambios, avances, retrocesos. He estado de un lado a otro, en un constante (aunque no simétrico) vaivén. Soy el andar de Luis Alberto, hecho vida. Y la gente nueva que me rodea… la férula.
Hoy, me encuentro trabajando en un lugar lleno de enemigos del monocromatismo. Desagradables seres que adoran el color.
Podrían morir de inanición, ya que no se detendrían a comer, tomar o siquiera respirar, si hay alguien diciéndoles que el look que trajeron hoy, está muy a la vanguardia.
Votaron todos para anular la Ley de Caducidad, porque escucharon que el rosado, es el color de la próxima temporada.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, para comprender lo que esos labios (que no se separaban más de medio centímetro) intentaban decir, logré descifrar el mensaje: “¿venis con nosotros, gor?”
Carente de amigos o seres “queridos” en la vuelta, acepté la invitación de estos fundamentalistas de lo “cool”, confiando en la diversión que me prometía PILSEN, saliendo un día lunes.
- ¿No te vas a cambiar? – dijo la campeona del chic montevideano, mirando mi vieja remera negra.
- ¿Debería hacerlo? – respondí. Utilizando la retórica de manera excepcional.
- Obvio – dijo la nena. Ignorando mi capcioso auto-cuestionamiento y mordiendo con tanta fuerza su labio para marcar la “ve corta”, que casi se entierra las paletas en la encía.
Mis siguientes tres acciones* recibieron los adjetivos: grasa, terraja y untrendy, respectivamente.
Creo que fueron intentos de ofensa. Infértiles, naturalmente.
Salimos.
El frío me hacía pensar en positivo. Las chalinas de seda les quedaban muy bonitas, pero no evitarían la inminente hipotermia. No me gustan los genocidios, así que rezaba para que uno o dos quedaran vivos.
Pensé luego en la idea de soportar a Victoria Rodríguez hablar de los “Mártires de la Moda”, y cambié el pedido a Jesús, orando esta vez, para que ninguno pereciera en el camino (aunque alguna lesión cerebral -más- no vendría nada mal.
Llegamos.
El lugar estaba lleno… de productos con manzanas mordidas en sus dorsos. Los que iban conmigo, no demoraron más de 20 segundos en sacar sus computadoras portátiles y pedirse un trago con más color que ellos.
Se hablaban por chat. Intentaban seducirse dedicándose temas con un programa de computadora llamado Aytuns. Fotografiaban las chaquetas de los otros, con teléfonos de interfase táctil.
Cuando el monofónico ringtone de mi celular se hizo presente, sus narices se fruncieron con envidiable velocidad. El Nokia 1100 fue el primero en salir volando por la ventana. ¿Adivinen quién fue la segunda víctima del patovica de remera blanca y prolijísima raya en la engominada cabellera?
El tipo era un profesional. Me hizo planear con la velocidad y altura justas, para aterrizar al lado de mi teléfono.
Derrotado volví a casa. Abrí el frigobar y mientras tomaba un destilado de cebada bien fría, analizaba el spot de PILSEN. Los lunes también son días… para mamarse en casa escuchando pop japonés.
* inspeccionar mis axilas, desodorantizarlas, y ponerme el gorro de lana para salir.
Incertidumbres, cambios, avances, retrocesos. He estado de un lado a otro, en un constante (aunque no simétrico) vaivén. Soy el andar de Luis Alberto, hecho vida. Y la gente nueva que me rodea… la férula.
Hoy, me encuentro trabajando en un lugar lleno de enemigos del monocromatismo. Desagradables seres que adoran el color.
Podrían morir de inanición, ya que no se detendrían a comer, tomar o siquiera respirar, si hay alguien diciéndoles que el look que trajeron hoy, está muy a la vanguardia.
Votaron todos para anular la Ley de Caducidad, porque escucharon que el rosado, es el color de la próxima temporada.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, para comprender lo que esos labios (que no se separaban más de medio centímetro) intentaban decir, logré descifrar el mensaje: “¿venis con nosotros, gor?”
Carente de amigos o seres “queridos” en la vuelta, acepté la invitación de estos fundamentalistas de lo “cool”, confiando en la diversión que me prometía PILSEN, saliendo un día lunes.
- ¿No te vas a cambiar? – dijo la campeona del chic montevideano, mirando mi vieja remera negra.
- ¿Debería hacerlo? – respondí. Utilizando la retórica de manera excepcional.
- Obvio – dijo la nena. Ignorando mi capcioso auto-cuestionamiento y mordiendo con tanta fuerza su labio para marcar la “ve corta”, que casi se entierra las paletas en la encía.
Mis siguientes tres acciones* recibieron los adjetivos: grasa, terraja y untrendy, respectivamente.
Creo que fueron intentos de ofensa. Infértiles, naturalmente.
Salimos.
El frío me hacía pensar en positivo. Las chalinas de seda les quedaban muy bonitas, pero no evitarían la inminente hipotermia. No me gustan los genocidios, así que rezaba para que uno o dos quedaran vivos.
Pensé luego en la idea de soportar a Victoria Rodríguez hablar de los “Mártires de la Moda”, y cambié el pedido a Jesús, orando esta vez, para que ninguno pereciera en el camino (aunque alguna lesión cerebral -más- no vendría nada mal.
Llegamos.
El lugar estaba lleno… de productos con manzanas mordidas en sus dorsos. Los que iban conmigo, no demoraron más de 20 segundos en sacar sus computadoras portátiles y pedirse un trago con más color que ellos.
Se hablaban por chat. Intentaban seducirse dedicándose temas con un programa de computadora llamado Aytuns. Fotografiaban las chaquetas de los otros, con teléfonos de interfase táctil.
Cuando el monofónico ringtone de mi celular se hizo presente, sus narices se fruncieron con envidiable velocidad. El Nokia 1100 fue el primero en salir volando por la ventana. ¿Adivinen quién fue la segunda víctima del patovica de remera blanca y prolijísima raya en la engominada cabellera?
El tipo era un profesional. Me hizo planear con la velocidad y altura justas, para aterrizar al lado de mi teléfono.
Derrotado volví a casa. Abrí el frigobar y mientras tomaba un destilado de cebada bien fría, analizaba el spot de PILSEN. Los lunes también son días… para mamarse en casa escuchando pop japonés.
* inspeccionar mis axilas, desodorantizarlas, y ponerme el gorro de lana para salir.
domingo 11 de octubre de 2009
NMVG (No Me Va Gustaf)
Porque no soy un autómata que consume la basofia que intenta embucharme MuchMusic y Radio Disney...
Porque peleo por los derechos de los artistas locales...
Porque hay una banda que en cualquier momento explota... y se convierte en número uno de los rankings de MuchMusic y Radio Disney...
Es que vengo a presentarles el primer corte de difusión de este gran conjunto.
Conozcan a los sensacionales.... "No Me Va Gustaf"
Que lindo que era verlos caminando
Tan solo de la puerta hasta el Roll Royce
La orilla del fainá les encantaba
Pero eso era de pueblo, así que no
Hermosa fue la vida que llevaron
Fortuna, fama, amigos un montón
Curioso es que su hija, se llamara
La Yamila, y siempre hablara de “che, bo”
Se quedan sin caviar y sin Chandon
Y sueñan, volver a la cima
Escuchan, comentar a los más viejos
“Les prohibieron el acceso al club de golf”
Extraña aquella vida aburguesada
Poder tener tres teles a color
El auto y todos los bienes raíces
Que gracias al cinco de oro, se compró
Se quedan, sin caviar y sin Chandon
Y sueñan, volver a la cima
Escuchan, comentar a los más viejos
“Ya vendieron el Blackberry y el Iphone”
Se quedan, en Soriano y Convención
Volvieron a vivir de arriba
Se escuchan, los golpes a los pendejos
No hay paredes en esta vieja pensión
Lai lai lai lai… lai lai lai lai
Le rompe
La trucha
Y espera
Que vuelva
Se queda, esperando en la pensión
Y manda a changar a Yamila
Escucha los sorteos por la radio
La quiniela puede ser su salvación
La yerba, que compró es un ofertón
La espera, con un mate a la niña
Pero no va, más por Carrasco o Punta Gorda
Porque sabe que su casta lo expulsó
Porque el ascenso social se le acabó
Sabe que es un chongo
Porque peleo por los derechos de los artistas locales...
Porque hay una banda que en cualquier momento explota... y se convierte en número uno de los rankings de MuchMusic y Radio Disney...
Es que vengo a presentarles el primer corte de difusión de este gran conjunto.
Conozcan a los sensacionales.... "No Me Va Gustaf"
Que lindo que era verlos caminando
Tan solo de la puerta hasta el Roll Royce
La orilla del fainá les encantaba
Pero eso era de pueblo, así que no
Hermosa fue la vida que llevaron
Fortuna, fama, amigos un montón
Curioso es que su hija, se llamara
La Yamila, y siempre hablara de “che, bo”
Se quedan sin caviar y sin Chandon
Y sueñan, volver a la cima
Escuchan, comentar a los más viejos
“Les prohibieron el acceso al club de golf”
Extraña aquella vida aburguesada
Poder tener tres teles a color
El auto y todos los bienes raíces
Que gracias al cinco de oro, se compró
Se quedan, sin caviar y sin Chandon
Y sueñan, volver a la cima
Escuchan, comentar a los más viejos
“Ya vendieron el Blackberry y el Iphone”
Se quedan, en Soriano y Convención
Volvieron a vivir de arriba
Se escuchan, los golpes a los pendejos
No hay paredes en esta vieja pensión
Lai lai lai lai… lai lai lai lai
Le rompe
La trucha
Y espera
Que vuelva
Se queda, esperando en la pensión
Y manda a changar a Yamila
Escucha los sorteos por la radio
La quiniela puede ser su salvación
La yerba, que compró es un ofertón
La espera, con un mate a la niña
Pero no va, más por Carrasco o Punta Gorda
Porque sabe que su casta lo expulsó
Porque el ascenso social se le acabó
Sabe que es un chongo
jueves 1 de octubre de 2009
Año Nuevo con las estrella(da)s
Julita y Pili no lo podían creer.
- Not tonight! I can’t believe it! – exclamó angustiada Pilar.
- ¡Ay nena! Hablá en español, haceme el favor; que no estás en Lotus.
¿Cómo harían para llegar a tiempo a la cena de fin de año?
Tenían menos de una hora y se encontraban completamente perdidas (el dispositivo GPS de la Pathfinder estaba averiado).
Pilar giró la cabeza para pedirle ayuda a su papá. Esta idea fue mandada de inmediato a la papelera de reciclaje. Luis Alberto yacía en asiento trasero, completamente borracho, mientras entonaba a capella “Cada vez somos más, para cambiar…”, intentando imitar la voz del Chole.
Era una noche gélida. Las calles estaban desiertas, y en el tablero de la camioneta, madre e hija divisaron algo nuevo, único, desconocido y angustiante.
- Má, ¿qué significa esa luz que se acaba de encender? – preguntó tímidamente Pili.
- No te angusties ni te desesperes por lo que te voy a decir. Creí que este día jamás llegaría. Pili: esa luz es de: ¡LA RESERVA DE COMBUSTIBLE!
Al escuchar esa última frase, Luis Alberto balbuceó: “¡Con los blancos se vivía mejor!”. Su hija sacó una petaca de la guantera, y se la enchufó, a modo de biberón.
Perdidas y sin gasolina, creyeron que jamás encontrarían el camino de regreso a casa. Desesperada y temerosa, Pilar realizó un último acto de supervivencia. Sacando la cabeza por la ventanilla, gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Batman, ayúdanos! (las periódicas sesiones de cama solar, habían estropeado parcialmente la sinapsis neuronal de Pilar).
Un hombre vestido de azul, se acercó al vehículo, intrigado por el escándalo, y golpeó la ventanilla del chofer, donde se encontraba Julita.
- ¿Sucede algo, señoras?
- ¿Y a ti que te importa, mersa? – respondió agudamente la conductora
- Señora, soy oficial de la policía. ¿Necesitan algo?
- ¡Uy! ¡De la policía! ¡Qué copado! Sos como los de C.S.I – acotó efusivamente Pilar
- Sus documentos, por favor – dijo el oficial
- ¡Ay, re bueno! Me encanta mostrar el pasaporte. Este sello es de la última vez que estuve en Etiopía. Éste es de mi viaje a Indonesia. Este otro que dice “Buenos Aires”… ehm… está equivocado, no sé que hace acá. ¡Yo nunca fui, eh! ¡Le juro que nunca fui! Éste fue Luchito, estoy segura. Me quiso hacer una broma de mal gusto poniéndome el sello de un destino proletario. Porque yo le juro que nunc….
- Señora, ¿su hija tiene algún problema? – interrumpió el oficial
- Si – sentenció apenada Julita.
Hija; cuando el señor pidió nuestros “documentos”, se refería a la cédula de identidad Ahh, esa que me pedían para entrar a Cabildo, cuando era menor…
- La misma.
Al constatar que no había irregularidades, el oficial apretó una de las puntas despegadas de la calcomanía de “Yo no los voté”, y las dejó marchar. No sin antes indicarles que cincuenta metros más adelante, había una estación de servicio que seguramente las ayudaría a resolver su terrible problema.
- ¿Ancap? ¿No es eso lo que a veces grita papá, cuando tiene pesadillas? – preguntó la sagaz jovenzuela
- Si, chiqui. No pudo privatizarlo y aún lo atormenta por las noches.
Mientras el lesionado jefe de familia, roncaba y murmuraba “forestenlón”, las chicas “P” llegaron a la estación. Sin dudarlo, Julita exclamó: - Lléneme el tanque, joven.
- Joven, cóbreme a mí – dijo Pilar, a la que le encantaba mimetizarse con su madre. Cuando era chica jugaba al “Banquero”, y se quedaba con los vueltos de sus amiguitos).
- Son mil ochocientos treinta y cinco pesos – avisó el uniformado trabajador
- Tome esto. Y guarde el cambio, joven – decía mientras lanzaba una estúpida guiñada a su progenitora.
- Señorita, ¿qué me está dando? – preguntó extrañado el pistero
- Es dinero, joven. Con él, puedes comprar polenta, fideos, mortadela. Esas cosas que tanto le gustan a la gente como tú, joven.
- ¡Deje de decirme “joven”! Y ya sé para qué sirve el dinero. Pero esto no son pesos uruguayos – respondió enfadado el joven
- Claro. Son Yenes que me sobraron de mi último viajecito – explicaba orgullosa Pilar, mientras daba palmaditas a la cabeza del pistero y miraba a su madre sin entender por qué no encendía el motor y arrancaba de una buena vez.
Julita la miró con desdén. Y experimentando un sentimiento parecido a la vergüenza, interrumpió: - Aquí tiene, cóbreme a mí.
Cuando el combustible hubo llegado nuevamente al motor, todos los dispositivos volvieron a funcionar con normalidad. Incluso el GPS.
(¿Qué? No te rías, tuerca de mierda. Es mí historia. Me tomos las licencias que quiero. Y hoy, se me canta decir que el mapa electrónico de la camioneta, no funciona a batería, sino con fuel oil. ¿Capisce? Muy bien)
Con el Google Earth miniatura en marcha, no les resultó difícil encontrar el camino a casa.
- La próxima vez, vamos tirando migajas de pan americano, como Hansel y Gretel, para no perdernos. ¿Tá, má? – dijo antes de recibir un bastonazo corrector, procedente del fondo del vehículo.
Miraron el reloj. Había dado las doce varios minutos antes. Pero Pilar, tan lúcida como de costumbre, lo atrasó un par de horas… para no llegar tarde.
A toda velocidad, la Pathfinder recorría las calles aún desoladas.
- ¡Vamos, má! ¡Tú puedes hacerlo! ¡You can do it! – dijo, sintiéndose una cheerleader
- !Callate, pelotuda! ¡Que ya casi estamos ahí!
Finalmente, cruzaron la frontera.
Ahh… que bien se sentía estar del otro lado de Arocena. El mundo menesteroso había quedado atrás.
Estacionaron el vehículo, empolvaron sus narices, se calzaron los sacos Christian Dior y abrieron las puertas de Café Misterio; donde los esperaba toda la familia, para recibir el año brindando con el Ananá Fizz más caro del mercado.
El fotógrafo gritó “whisky”, y Luis Alberto tiró su vaso de espumante a la mierda.
- Not tonight! I can’t believe it! – exclamó angustiada Pilar.
- ¡Ay nena! Hablá en español, haceme el favor; que no estás en Lotus.
¿Cómo harían para llegar a tiempo a la cena de fin de año?
Tenían menos de una hora y se encontraban completamente perdidas (el dispositivo GPS de la Pathfinder estaba averiado).
Pilar giró la cabeza para pedirle ayuda a su papá. Esta idea fue mandada de inmediato a la papelera de reciclaje. Luis Alberto yacía en asiento trasero, completamente borracho, mientras entonaba a capella “Cada vez somos más, para cambiar…”, intentando imitar la voz del Chole.
Era una noche gélida. Las calles estaban desiertas, y en el tablero de la camioneta, madre e hija divisaron algo nuevo, único, desconocido y angustiante.
- Má, ¿qué significa esa luz que se acaba de encender? – preguntó tímidamente Pili.
- No te angusties ni te desesperes por lo que te voy a decir. Creí que este día jamás llegaría. Pili: esa luz es de: ¡LA RESERVA DE COMBUSTIBLE!
Al escuchar esa última frase, Luis Alberto balbuceó: “¡Con los blancos se vivía mejor!”. Su hija sacó una petaca de la guantera, y se la enchufó, a modo de biberón.
Perdidas y sin gasolina, creyeron que jamás encontrarían el camino de regreso a casa. Desesperada y temerosa, Pilar realizó un último acto de supervivencia. Sacando la cabeza por la ventanilla, gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Batman, ayúdanos! (las periódicas sesiones de cama solar, habían estropeado parcialmente la sinapsis neuronal de Pilar).
Un hombre vestido de azul, se acercó al vehículo, intrigado por el escándalo, y golpeó la ventanilla del chofer, donde se encontraba Julita.
- ¿Sucede algo, señoras?
- ¿Y a ti que te importa, mersa? – respondió agudamente la conductora
- Señora, soy oficial de la policía. ¿Necesitan algo?
- ¡Uy! ¡De la policía! ¡Qué copado! Sos como los de C.S.I – acotó efusivamente Pilar
- Sus documentos, por favor – dijo el oficial
- ¡Ay, re bueno! Me encanta mostrar el pasaporte. Este sello es de la última vez que estuve en Etiopía. Éste es de mi viaje a Indonesia. Este otro que dice “Buenos Aires”… ehm… está equivocado, no sé que hace acá. ¡Yo nunca fui, eh! ¡Le juro que nunca fui! Éste fue Luchito, estoy segura. Me quiso hacer una broma de mal gusto poniéndome el sello de un destino proletario. Porque yo le juro que nunc….
- Señora, ¿su hija tiene algún problema? – interrumpió el oficial
- Si – sentenció apenada Julita.
Hija; cuando el señor pidió nuestros “documentos”, se refería a la cédula de identidad Ahh, esa que me pedían para entrar a Cabildo, cuando era menor…
- La misma.
Al constatar que no había irregularidades, el oficial apretó una de las puntas despegadas de la calcomanía de “Yo no los voté”, y las dejó marchar. No sin antes indicarles que cincuenta metros más adelante, había una estación de servicio que seguramente las ayudaría a resolver su terrible problema.
- ¿Ancap? ¿No es eso lo que a veces grita papá, cuando tiene pesadillas? – preguntó la sagaz jovenzuela
- Si, chiqui. No pudo privatizarlo y aún lo atormenta por las noches.
Mientras el lesionado jefe de familia, roncaba y murmuraba “forestenlón”, las chicas “P” llegaron a la estación. Sin dudarlo, Julita exclamó: - Lléneme el tanque, joven.
- Joven, cóbreme a mí – dijo Pilar, a la que le encantaba mimetizarse con su madre. Cuando era chica jugaba al “Banquero”, y se quedaba con los vueltos de sus amiguitos).
- Son mil ochocientos treinta y cinco pesos – avisó el uniformado trabajador
- Tome esto. Y guarde el cambio, joven – decía mientras lanzaba una estúpida guiñada a su progenitora.
- Señorita, ¿qué me está dando? – preguntó extrañado el pistero
- Es dinero, joven. Con él, puedes comprar polenta, fideos, mortadela. Esas cosas que tanto le gustan a la gente como tú, joven.
- ¡Deje de decirme “joven”! Y ya sé para qué sirve el dinero. Pero esto no son pesos uruguayos – respondió enfadado el joven
- Claro. Son Yenes que me sobraron de mi último viajecito – explicaba orgullosa Pilar, mientras daba palmaditas a la cabeza del pistero y miraba a su madre sin entender por qué no encendía el motor y arrancaba de una buena vez.
Julita la miró con desdén. Y experimentando un sentimiento parecido a la vergüenza, interrumpió: - Aquí tiene, cóbreme a mí.
Cuando el combustible hubo llegado nuevamente al motor, todos los dispositivos volvieron a funcionar con normalidad. Incluso el GPS.
(¿Qué? No te rías, tuerca de mierda. Es mí historia. Me tomos las licencias que quiero. Y hoy, se me canta decir que el mapa electrónico de la camioneta, no funciona a batería, sino con fuel oil. ¿Capisce? Muy bien)
Con el Google Earth miniatura en marcha, no les resultó difícil encontrar el camino a casa.
- La próxima vez, vamos tirando migajas de pan americano, como Hansel y Gretel, para no perdernos. ¿Tá, má? – dijo antes de recibir un bastonazo corrector, procedente del fondo del vehículo.
Miraron el reloj. Había dado las doce varios minutos antes. Pero Pilar, tan lúcida como de costumbre, lo atrasó un par de horas… para no llegar tarde.
A toda velocidad, la Pathfinder recorría las calles aún desoladas.
- ¡Vamos, má! ¡Tú puedes hacerlo! ¡You can do it! – dijo, sintiéndose una cheerleader
- !Callate, pelotuda! ¡Que ya casi estamos ahí!
Finalmente, cruzaron la frontera.
Ahh… que bien se sentía estar del otro lado de Arocena. El mundo menesteroso había quedado atrás.
Estacionaron el vehículo, empolvaron sus narices, se calzaron los sacos Christian Dior y abrieron las puertas de Café Misterio; donde los esperaba toda la familia, para recibir el año brindando con el Ananá Fizz más caro del mercado.
El fotógrafo gritó “whisky”, y Luis Alberto tiró su vaso de espumante a la mierda.
martes 22 de septiembre de 2009
Más famoso que las galletitas
He descubierto que escribir desde la frustración, la ira o el enojo, resulta mucho más cómodo y productivo que crear textos que hablen del amor, la esperanza, o que tengan las palabras “alma”, “corazón”, “luna” y “princesa”.
Cuando tenía la Bic de cuatro pesos en la cartuchera y garabateaba en libretas hechas con hojas recicladas de los cuadernos sin terminar de la facultad, no había drama. Era under. Podía salir a tomar una cerveza con amigos y aunque de vez en cuando se acercaba algún fanático con dosis tan altas de respeto y admiración que asustarían al mismísimo Mark Chapman, la interrelación no duraba más que un par de minutos. Intercambiábamos opiniones, puntos de vista, la bebida destilada que cada uno tuviera en su vaso, y listo. Volvía yo contento a mi ronda de amigotes con la satisfacción del deber cumplido, y él (lamentablemente nunca se arrimó una “ella”) se tomaba el bus a casa con esas cosquillas en la panza que siente todo aquel que se sabe parte de un público reducido, seguidor de un artista (Sí, bobetas. Soy un artista) de culto, con el cual logró concretar un contacto tête à tête.
Hoy, la cosa ha cambiado.
Que no se malentienda, eh! No me estoy quejando de las regalías que Google y otros tantos anunciantes me dan por cada clic que usted hace en mi sitio. Sentarme en este sillón masajeador de última generación, y escribir en mi MacBook 2010 no es tan desagradable. Eso sí; a veces se extraña el entorno (los famosos no tenemos familia o amigos, tenemos entorno). Hawaii es un poco solitario, pero repito: no me quejo.
Si, quejo se escribe con jota, Ukelele. Olvidé mencionar que alquilé un nativo que me transcribe los textos mientras cuatro esculturales aborígenes manicuras se encargan de embellecer mis uñas y cutículas.
Extraño escribir para tres o cuatro, no lo niego. Añoro los bancos de la Plaza Cagancha, donde (entre negativa a pedido de limosna y negativa a pedido de limosna) me daba panzadas de tinta azul en renglones mal impresos, creando obras para subir a un sitio menos visitado que el de la monja canchera del EWTN.
Codearme con los salados no me desagrada.
Aprovechar el respeto que me profesa, para convencer a Saramago de utilizar la menor cantidad posible de puntos en sus obras, fue una experiencia interesante.
Cobrar en dólares por cada letra publicada, aunque capitalista y poco moral, no deja de ser algo agradableeeeeeeee y conveniennnnnnnnttttte (Confían tanto en mí, que ya ni leen mis textos. Alt + H / Contar palabras; y a otra cosa mariposa. Me mandan el cheque y todos felices).
Pero a veces, aquel espíritu rebelde, que se gastaba un pomo de 250cc de gel para dejar bien firme la cresta, y tenía una espalda fibrosa y resistente por cargar kilos y kilos de tachas sobre ella, cada vez que se disponía a crear un texto; asoma la cabecita y al grito de “¡Puto aburguesado, te vendiste al sistema!”, me recuerda lo linda que era la autonomía en el decir.
Siempre escribí para hacer catarsis. Era más barato, y menos indigno que ir a un psicólogo. Y si quería putear a alguien, ya que mi cobardía crónica me impedía hacerlo cara a cara, lo mechaba en un texto y punto; tema resuelto, psiques limpita.
En esta etapa de mi vida, de gran proliferación económica, pero opuesta soberanía expresiva, los de arriba (los dueños de los banners) me permiten putear a gusto (el epíteto vende muchísimo), pero ya no puedo nombrar al destinatario de mi repudio.
En otra época hubiese dicho: “¡_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _, sos una hija de mil putas! ¡Cobarde, traicionera, suripanta de la peor calaña! ¡Haz que un asno te penetre, oh canalla!”.
¿Ven? Hoy me censuran para ahorrarse una demanda.
De todos modos, ya me siento mejor. Las francesitas me quedaron preciosas.
Cuando tenía la Bic de cuatro pesos en la cartuchera y garabateaba en libretas hechas con hojas recicladas de los cuadernos sin terminar de la facultad, no había drama. Era under. Podía salir a tomar una cerveza con amigos y aunque de vez en cuando se acercaba algún fanático con dosis tan altas de respeto y admiración que asustarían al mismísimo Mark Chapman, la interrelación no duraba más que un par de minutos. Intercambiábamos opiniones, puntos de vista, la bebida destilada que cada uno tuviera en su vaso, y listo. Volvía yo contento a mi ronda de amigotes con la satisfacción del deber cumplido, y él (lamentablemente nunca se arrimó una “ella”) se tomaba el bus a casa con esas cosquillas en la panza que siente todo aquel que se sabe parte de un público reducido, seguidor de un artista (Sí, bobetas. Soy un artista) de culto, con el cual logró concretar un contacto tête à tête.
Hoy, la cosa ha cambiado.
Que no se malentienda, eh! No me estoy quejando de las regalías que Google y otros tantos anunciantes me dan por cada clic que usted hace en mi sitio. Sentarme en este sillón masajeador de última generación, y escribir en mi MacBook 2010 no es tan desagradable. Eso sí; a veces se extraña el entorno (los famosos no tenemos familia o amigos, tenemos entorno). Hawaii es un poco solitario, pero repito: no me quejo.
Si, quejo se escribe con jota, Ukelele. Olvidé mencionar que alquilé un nativo que me transcribe los textos mientras cuatro esculturales aborígenes manicuras se encargan de embellecer mis uñas y cutículas.
Extraño escribir para tres o cuatro, no lo niego. Añoro los bancos de la Plaza Cagancha, donde (entre negativa a pedido de limosna y negativa a pedido de limosna) me daba panzadas de tinta azul en renglones mal impresos, creando obras para subir a un sitio menos visitado que el de la monja canchera del EWTN.
Codearme con los salados no me desagrada.
Aprovechar el respeto que me profesa, para convencer a Saramago de utilizar la menor cantidad posible de puntos en sus obras, fue una experiencia interesante.
Cobrar en dólares por cada letra publicada, aunque capitalista y poco moral, no deja de ser algo agradableeeeeeeee y conveniennnnnnnnttttte (Confían tanto en mí, que ya ni leen mis textos. Alt + H / Contar palabras; y a otra cosa mariposa. Me mandan el cheque y todos felices).
Pero a veces, aquel espíritu rebelde, que se gastaba un pomo de 250cc de gel para dejar bien firme la cresta, y tenía una espalda fibrosa y resistente por cargar kilos y kilos de tachas sobre ella, cada vez que se disponía a crear un texto; asoma la cabecita y al grito de “¡Puto aburguesado, te vendiste al sistema!”, me recuerda lo linda que era la autonomía en el decir.
Siempre escribí para hacer catarsis. Era más barato, y menos indigno que ir a un psicólogo. Y si quería putear a alguien, ya que mi cobardía crónica me impedía hacerlo cara a cara, lo mechaba en un texto y punto; tema resuelto, psiques limpita.
En esta etapa de mi vida, de gran proliferación económica, pero opuesta soberanía expresiva, los de arriba (los dueños de los banners) me permiten putear a gusto (el epíteto vende muchísimo), pero ya no puedo nombrar al destinatario de mi repudio.
En otra época hubiese dicho: “¡_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _, sos una hija de mil putas! ¡Cobarde, traicionera, suripanta de la peor calaña! ¡Haz que un asno te penetre, oh canalla!”.
¿Ven? Hoy me censuran para ahorrarse una demanda.
De todos modos, ya me siento mejor. Las francesitas me quedaron preciosas.
sábado 29 de agosto de 2009
Qué será... será...
Perder la heladera de Via Confort y llevarte a casa un chancho.
Caer al agua después de cantar a viva voz: “El tiempo que duró nuestro amor”.
Verte en el SE BUSCA y no llegar a tiempo al canal, por vivir en Las Piedras (y así perderte otra heladera con freezer).
Estas desgracias (que generaron una herida que creí cicatrizada), no se comparan con las desventuras que me aquejan hoy en día.
Ahh, pero a vos te encanta hacerte la víctima – dirán.
Es como acusar a un hemipléjico de querer “hacerse el Stalone”.
No me jodan. No sean injustos.
Tengo mala suerte; listo. No hay nada por detrás. No le busquen la quinta pata al gato (ni la segunda a Darío Silva.).
Si estoy jugando a la conga, soy el rey del doble par. Si sale una rueda de truco, me tocan los dos comodines. Si estoy en una orgía, soy el que saca las fotos.
Una vez fui a una bruja, y me dijo que si la DGI se entera, me lleva preso por evasor. Tengo más trabajos encima, que neuronas activas Julio Alonso*
Lo acepto. Aprendo a convivir con ello.
Antes, estar a 10 metros de la parada y ver como pasaban las tres líneas de ómnibus que me servían (cosa que pasaba todos los santos días y me obligaba a esperar 20 minutos más), me alteraba mucho.
Hoy, lo veo como algo rutinario. Y si por esas casualidades llego y hay un colectivo en la parada, no me lo tomo. Por si acaso, ¿viste? No voy a andar tentando al destino. El resto de la gente no tiene nada que ver. No me voy a subir y llevarme conmigo 40 víctimas más en el accidente fatal del que seguramente sea protagonista dicho colectivo.
En la actualidad, no tener tendinitis está de menos. Como confeso adicto a Galería, no me quejo de esa patología, la soporto con hidalguía**
El sexo dejó de ser placentero hace años. Más que tortuoso y estresante, copular en estos tiempos, es como que te estén estrujando los testículos (Cuando no literalmente. Ya que de vez en cuando me acuesto con aquella ex novia adicta al sadomasoquismo que me deja las uvas como dos pasas de idem).
De todos modos, hay una sola cosa que me alegra y en cierto grado consuela. El muy hijo de puta que hace unos años me dejase sin refrigerador, y truncara en el “Cante o Nade” mi sueño de ser una estrella pop, está internado y con mucho mejor suerte en el truco que yo.
19 buenas y tres del mismo palo en la mano.
Suerte Arturo.
See you in hell.
* Es decir: dos
** Como verán, también soy adicto a las frases cacofónicas.
Caer al agua después de cantar a viva voz: “El tiempo que duró nuestro amor”.
Verte en el SE BUSCA y no llegar a tiempo al canal, por vivir en Las Piedras (y así perderte otra heladera con freezer).
Estas desgracias (que generaron una herida que creí cicatrizada), no se comparan con las desventuras que me aquejan hoy en día.
Ahh, pero a vos te encanta hacerte la víctima – dirán.
Es como acusar a un hemipléjico de querer “hacerse el Stalone”.
No me jodan. No sean injustos.
Tengo mala suerte; listo. No hay nada por detrás. No le busquen la quinta pata al gato (ni la segunda a Darío Silva.).
Si estoy jugando a la conga, soy el rey del doble par. Si sale una rueda de truco, me tocan los dos comodines. Si estoy en una orgía, soy el que saca las fotos.
Una vez fui a una bruja, y me dijo que si la DGI se entera, me lleva preso por evasor. Tengo más trabajos encima, que neuronas activas Julio Alonso*
Lo acepto. Aprendo a convivir con ello.
Antes, estar a 10 metros de la parada y ver como pasaban las tres líneas de ómnibus que me servían (cosa que pasaba todos los santos días y me obligaba a esperar 20 minutos más), me alteraba mucho.
Hoy, lo veo como algo rutinario. Y si por esas casualidades llego y hay un colectivo en la parada, no me lo tomo. Por si acaso, ¿viste? No voy a andar tentando al destino. El resto de la gente no tiene nada que ver. No me voy a subir y llevarme conmigo 40 víctimas más en el accidente fatal del que seguramente sea protagonista dicho colectivo.
En la actualidad, no tener tendinitis está de menos. Como confeso adicto a Galería, no me quejo de esa patología, la soporto con hidalguía**
El sexo dejó de ser placentero hace años. Más que tortuoso y estresante, copular en estos tiempos, es como que te estén estrujando los testículos (Cuando no literalmente. Ya que de vez en cuando me acuesto con aquella ex novia adicta al sadomasoquismo que me deja las uvas como dos pasas de idem).
De todos modos, hay una sola cosa que me alegra y en cierto grado consuela. El muy hijo de puta que hace unos años me dejase sin refrigerador, y truncara en el “Cante o Nade” mi sueño de ser una estrella pop, está internado y con mucho mejor suerte en el truco que yo.
19 buenas y tres del mismo palo en la mano.
Suerte Arturo.
See you in hell.
* Es decir: dos
** Como verán, también soy adicto a las frases cacofónicas.
lunes 24 de agosto de 2009
... no hay, vino y cerveza. No hay milanesas...
¡Nunca miré a Camila! ¡Te lo juro! Para mí, las novias de mis amigos, tienen bigotes – dije a modo de alegato
Ahí se puso como loco, me habló del problema hormonal de su enamorada y conectó con gran precisión, un puñetazo que desfiguraría parcialmente la mitad derecha de mi rostro.
Como pude puse en marcha mi bi-rodado y me alejé a gran velocidad. Mis brazos se cansaron después de haberme trasladado dos kilómetros, y dejé que la inercia detuviera la silla.
No podía entender como ese canalla le pegaba a un tipo de gafas. Él sabía de mi presbicia, y aunque de contacto, eran lentes de todas formas.
Ser paralítico nunca me privó de tener una vida normal. Los infartos cerebrales sí.
Era el orgullo del hospital. Las cocineras me querían muchísimo y se sentían halagadas con cada una de mis visitas al nosocomio.
- Se le hace agua la boca con mi pastel de carne – decía Gloria con una expresión en el rostro de orgullo y soberbia.
Las demás se morían de envidia, pero sonreían falsamente.
Ninguna de ellas supo jamás que la baba que emanaba de mis bruces cada vez que Gloria traía su platillo fetiche, no era más que un principio de epilepsia causado por mi alergia a los clavos de olor (que en una de mis internaciones largas, me contó Gloria, eran el secreto de su manjar).
Julio vino a pedirme perdón, cuando se enteró que Camila lo estaba cagando con otro paralítico, que según dicen en la APUQPMLB.LCNDUAB (Asociación de Paralíticos Unidos que Pueden Mover los Brazos. Los Cuadripléjicos Nos Dan Un Asco Bárbaro), no necesita las piernas para mantenerse en pie. El apéndice que le cuelga de la ingle es la envidia de cualquier prótesis ortopédica.
Pero ya era demasiado tarde. Sus lamentos no me conmovieron. Le levanté el dedo que me quedaba en la mano derecha (que por suerte era el mayor), y aunque no sabía lenguaje de señas, comprendió el mensaje perfectamente.
Dije “Misión Cumplida. Me siento superior a este imbécil, le di su merecido. En este mundo no tengo nada más que hacer. Voy a disfrutar de los placeres del paraíso”. Pero como era mellado, nadie me entendió. Vaya sorpresa se llevaron al verme agarrar la pistola del armario de papá.
Me maté, convencido que lo que venía era mejor.
En el cielo, tu alma viene con los mismos defectos físicos que tenías en la tierra.
El puto de San Pedro hace un show de stand up comedy todas las noches, y hace dos semanas que me tiene en la vara.
Stephen Hawking, se regocija en un rincón.
Ahí se puso como loco, me habló del problema hormonal de su enamorada y conectó con gran precisión, un puñetazo que desfiguraría parcialmente la mitad derecha de mi rostro.
Como pude puse en marcha mi bi-rodado y me alejé a gran velocidad. Mis brazos se cansaron después de haberme trasladado dos kilómetros, y dejé que la inercia detuviera la silla.
No podía entender como ese canalla le pegaba a un tipo de gafas. Él sabía de mi presbicia, y aunque de contacto, eran lentes de todas formas.
Ser paralítico nunca me privó de tener una vida normal. Los infartos cerebrales sí.
Era el orgullo del hospital. Las cocineras me querían muchísimo y se sentían halagadas con cada una de mis visitas al nosocomio.
- Se le hace agua la boca con mi pastel de carne – decía Gloria con una expresión en el rostro de orgullo y soberbia.
Las demás se morían de envidia, pero sonreían falsamente.
Ninguna de ellas supo jamás que la baba que emanaba de mis bruces cada vez que Gloria traía su platillo fetiche, no era más que un principio de epilepsia causado por mi alergia a los clavos de olor (que en una de mis internaciones largas, me contó Gloria, eran el secreto de su manjar).
Julio vino a pedirme perdón, cuando se enteró que Camila lo estaba cagando con otro paralítico, que según dicen en la APUQPMLB.LCNDUAB (Asociación de Paralíticos Unidos que Pueden Mover los Brazos. Los Cuadripléjicos Nos Dan Un Asco Bárbaro), no necesita las piernas para mantenerse en pie. El apéndice que le cuelga de la ingle es la envidia de cualquier prótesis ortopédica.
Pero ya era demasiado tarde. Sus lamentos no me conmovieron. Le levanté el dedo que me quedaba en la mano derecha (que por suerte era el mayor), y aunque no sabía lenguaje de señas, comprendió el mensaje perfectamente.
Dije “Misión Cumplida. Me siento superior a este imbécil, le di su merecido. En este mundo no tengo nada más que hacer. Voy a disfrutar de los placeres del paraíso”. Pero como era mellado, nadie me entendió. Vaya sorpresa se llevaron al verme agarrar la pistola del armario de papá.
Me maté, convencido que lo que venía era mejor.
En el cielo, tu alma viene con los mismos defectos físicos que tenías en la tierra.
El puto de San Pedro hace un show de stand up comedy todas las noches, y hace dos semanas que me tiene en la vara.
Stephen Hawking, se regocija en un rincón.
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