lunes, 8 de febrero de 2010

De cómo Agostini se convirtió en un apóstol del ritmo

Porque nuestro departamento de investigación periodística no descansa.
Porque a lo mejor influye el hecho de que esté compuesto por japoneses que quieren más el trabajo que los quirúrgicamente mejorados pectorales de sus esposas.
Porque todo gran hombre tiene atrás una gran mujer, todo gran éxito musical una gran historia y toda madre de Nacho Kliche una gran verga negra haciéndole compañía en la cama de dos plazas. Pero quedémonos con lo del éxito musical, mejor. Más adelante le dedicaremos un informe a la extraña pronunciación del señor Granger.

Coméntase que a principios de la década del 90, la señorita Nazarena Velez mantenía un tórrido romance con el otrora galán de clase media, devenido hoy en ídolo de la bailanta, Hernán Caire.
Dícese asimismo, que el amorío pasó de tórrido a violento, en dos patadas.
Angustiada por la vehemencia de su relación con Hernán, Vélez decide buscar refugio entre los rizos de una insipiente estrella de la música tropical argentina.
Es en ese momento que Daniel Agostini le promete el cielo, la luna, las estrellas y el amor eterno. Acto seguido le pide un minuto, saca una lapicera, y en una servilleta del carrito de panchos donde le declaraba su amor a Nazarena, compone un éxito.

Más adelante, Dani y Naza habrían de casarse, tener un hijo (o una hija, poco importa), tatuarse dos delfines en el cuello (sellando en ese acto de mal gusto, su amor para siempre) y separarse años después dando rienda suelta a los rumores, suposiciones y mentiras respecto a su hermosa (y siempre bien ponderada en nuestro sitio) relación.

El éxito de Nazarena, está ligado en parte a su relación con este dios de la trompeta. La mediatización de la figura pública de la blonda vedette, responde en cierto grado a haber sido la compañera de este Mesías del ritmo. Pero, ¿de dónde sale el éxito de Daniel? ¿Llegó a ser lo que es por su indiscutible talento musical únicamente? ¿Le alcanza con haber sido declarado por la revista Rolling Stone “el Charly García del pianito guitarra”, para ser la estrella que hoy es?
No.
El éxito de Agostini se consolida en el año 1994 con su disco “Boquita de caramelo”, dedicado claramente a su mujer, Nazarena.
Hasta aquí, el lector ávido de chusmerío y dato curioso podrá sentirse estafado y reclamar esa noticia bomba, que hasta ahora no ha sido dada a conocer. La hay, estése tranquilo que la hay.

¿Cuál fue el hit más recordado de ese disco? (tomamos en cuenta que todos fueron “hits”, pero hay uno que superó ampliamente las barreras de lo musicalmente hermoso).
Eso es: LA VENTANITA.
Pero, ¿de dónde consigue Daniel la inspiración para componer tan perfecto tema?, o mejor aún: ¿Fue Daniel Agostini el verdadero compositor de tan recordado himno?
No.
Intentando llegar a las marquesinas de la Calle Corrientes, Nazarena se dio cuenta que con tener buenas tetas y buen culo no alcanzaba (en aquella época al menos no) y decidió hacer (con las confesiones que anotaba en su diario íntimo en la época en que aún estaba en pareja con Caire) canciones.
Cuando las hubo terminado, se las enseñó a su talentosa nueva pareja para que aprobara los temas, creyendo poder así presentarse ante el productor Gerardo Sofovich, como una chica que no solamente se destacaba por su hermosura, sino que también contaba con dotes musicales.
Daniel le dijo: “Esto es una poronga, Naza”. Ella le miró la entrepierna, asintió con la cabeza y 15 segundos más tarde se percató que con “poronga” lo que Daniel estaba haciendo era adjetivar sus temas musicales.
Era verdad, sus temas apestaban, pero sirvieron de base para las posteriores incursiones de Daniel en los top 3 de los charts.

Como este sitio no se casa con nadie (a menos que la página oficial de Celeste Cid venga medio desnudita y nos pida contraer matrimonio, ahí cambia la cosa), publicaremos a continuación las palabras escritas en la página 38 del diario íntimo de Nazarena Velez, lugar del cual se supone Daniel ROBÓ varias estrofas para su mayor éxito musical.
A continuación: La Fajadita, por Nazarena Velez ®.



Desde que me pegaste,
Uso bufanda pa’ esconder el machucón
Desde que me fajaste,
Descubrí que era verso lo del toallón
Desde que me golpeaste,
Tengo más marcas que tatuajes Ricky Fort
Desde que me apaleaste,
Tomo baños, de inmersión en hiodofón

La geta hecha pedazos
Me arrancaste una muela
Me fracturaste el naso
Tu violencia no frena

Tengo esguince en un brazo
Me clavaste una espuela
Estoy más haraposa
Que un pabellón de Escuela

Era tan lindo tener tu cariño
Quiero dejar de hacer siempre este guiño
Va a salirnos deforme este crío
Si me seguís dando palos en frío

sábado, 9 de enero de 2010

El señor de los anillos (basado en hechos reales)

Este blog no se hace responsable del abandono al que los sometió el propietario durante este tiempo. De todos modos, estoy seguro que cuando conozcan los pormenores de mi accidente, la condena por haberme ausentado un par de meses caducará automáticamente.
Condonarán la deuda y despertaré tanta lástima en ustedes, que al verse al espejo sentirán vergüenza por haber puesto en tela de juicio el talento (o peor aún, la moral) de este pobre individuo.


Apenas treinta y cinco minutos habían pasado desde que el reloj del tío Gabriel dio las doce, cuando decidí bajar las escaleras.
Él, encargado de avisar cuando la nueva década comenzara, probaba las funciones de su nuevo Casio digital.
Así, al ritmo de La Bamba versión monofónica (emitida por la alarma del recién estrenado reloj pulsera del hermano de mamá), le dimos la bienvenida al 2010.
Todos brindaban con costosas sidras (o baratísimos champagnes, no puedo diferenciar) mientras yo, vaso de whisky (tremendamente económico, y en este terreno me permito hablar con propiedad) en mano, me disponía a repetir las frases “chin chin” y “feliz año”, unas dieciocho o diecinueve veces.

No brindo con champagne o sus humildes homólogos, por la razón opuesta a la que manifiesta la gente que se embriaga con esos berberajes. Lejos de írseme “las burbujas a la cabeza”, las muy hijas de puta se embarcan en un viaje sin escalas al más recóndito y peludo agujero de todo mi organismo, haciendo vibrar al llegar, las membranas del esfínter con la fuerza de media docena de soldados espartanos (que no tengo mucha idea, pero debían ser fuertes como la puta madre).

Luego del brindis, y habiendo presenciado la desmejorada y atrasadísima noche de las luces desde la barbacoa/azotea de la casa de mis tíos, procedí a bajar las escaleras para realizar el clásico ritual de colocar en mi boca la capa de piel muerta del turrón Il Genovesse y sentirme un católico ortodoxo tomando la comunión,.
Cuando solo me separaban dos o tres escalones del suelo, me sentí con la seguridad necesaria para saltar y caer parado sin complicaciones.

Salté.

Tuve la precaución de tomarme de la baranda con la mano izquierda, para tener una seguridad extra. Me sabía capaz de sobrepasar esos tres escalones sin problema, pero no me iba a arriesgar a tropezar y cagarle la noche de Año Nuevo a todos los que estaban ahí.

Caí.

Parado y sin resbalones, pero con un ligero dolor en la mano. Giré la cabeza para ver de dónde provenía ese pequeño tirón. Pulgar, índice, mayor y anular sin problema. Pero esperen, ¿desde cuándo tengo tres meñiques?
El anillo que adornaba el dedo más pequeño de mi mano izquierda, se había atascado con una de las “vigas” que unía la baranda a pared. El impulso que llevaba en el salto, hizo que toda la piel del dedo se arremangara, gracias a los dos cortes que generó el anillo, desde la base del dedo hasta la última falange, contra el hueso.
El dedo estaba abierto como una corvina. Se veía carne, piel desprendida, hueso, sangre.

Este es el punto del relato donde creo pertinente aclarar que soy tan blandito que ver un raspón en la rodilla me descompone, o que las pocas veces que una aguja atravesó mi piel para extraer sangre, no me desvanecí por gracia divina.

Ahí estaba yo, tomándome la muñeca, gritando como un sordomudo que intenta cantar el himno, y viendo como la sangre enchastraba la nueva moquette de la tía Ana.
¿De dónde saqué el coraje? No lo sé. Lo cierto es que me agarré el dedo (como si fuera un bebé al que le colocan en la palma de la mano un objeto), encerrándolo y apretándolo con fuerza, para que no se cayera nada.
Asustadísimo, supongo que dolorido (aunque el shock no me permitía sentir), blanco como un papel, sudando frío y convencido que desde ese día tendría problemas para calcular decenas, me trepé al auto y fui trasladado hasta el Hospital Americano.
No me desmayé, aunque desearía haberlo hecho.

Llegamos.

Cuando el liceal que decía tener título de doctor en medicina, que estaba de guardia en ese momento, vio mi dedo, su primera reacción fue decir “a la mierda”. La segunda, pedir que llamen a un cirujano plástico.
Ver que una enfermera pone cara de asco mientras te cura y llama a sus colegas para que miren lo que tiene en la mano, no era un escenario alentador en principio.
Con un calmante intravenoso, intentando no mirar mi destrozado meñique y temblando más que Michael J. Fox en invierno, vi como ingresaba por la puerta trasera de la Emergencia un obeso y sudoroso señor, con mameluco y herramientas en mano.

¿Justo ahora tiene que venir el de mantenimiento a arreglar ese tubo quemado? – pensé.
Segundos después la pregunta cambió: ¿Si el tubo luz defectuoso está para aquel lado, qué hace este mastodonte acercándose a mi camilla?

Mis sospechas se confirmaron: el señor de excesivo tejido adiposo y desagradable aroma, intentaría cortar el anillo con una tenaza.

Intentó con una… no pudo. Cambió a una pinza con más punta… tampoco. Eligió una tercera herramienta al azar y se afirmó con ambas manos, temblaba, estaba colorado, apretaba los dientes… ya era algo personal, una guerra entre el gordo y el anillo.
En el medio yo, con los ojos grandes y duros como las vergas de la sección “Camerún” de Poringa, no podía creer lo que estaba presenciando.

- Guarda, bo. No me vayas a arrancar el dedo – dije tímidamente, intentando darle un toque de comicidad y superación a mi frase. Sonó tan falso y dejé tan al descubierto mi terror, que el gordo confesó:
- Nunca me había costado tanto cortar un anillo. No puedo. No sé como vamos a hacer.

Desde ese momento y hasta que llegó el cirujano plástico, no recuerdo nada más. Las palabras del gordo me petrificaron. La mínima esperanza de salvar el meñique, se había esfumado con la desesperanzada frase del hombre del mameluco.
Según dicen, el gordo pudo sacar la pieza de bijouterie, lenta y pacientemente, cortando pedacito por pedacito.
Mi cerebro dejó su estado de suspensión cuando llegó el Cirujano Plástico.
Anestesió, toqueteó, dobló, cosió y se fue para la casa.
(Nosotros hicimos lo mismo. Obviando la parte de anestesiar, toquetear, doblar y coser).

Aunque tengo un tendón comprometido y no se si podré volver a doblar el dedo, estoy retomando mis actividades normales. Demoro un poco más que antes en hacerlas (lo cuál es lógico), aunque algunos consideran excesiva la tardanza.
No se. No me importan las críticas.
Cuando desperté (el primero de enero a las once y media de la mañana) supe que tenía que contarles lo sucedido. Empecé a escribir y no paré. Y ya está, ya lo tengo pronto para publicar.

¿Cómo? ¿Nueve de enero ya?
Ta, a lo mejor tienen razón. Voy a tener que conseguir a alguien que tipee por mí. Para el próximo texto, me alquilo un boliviano.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Ay nena, prefiero que seas prostituta, antes que gato de ómnibus

Implementan el boleto céntrico, el de una hora e incluso el de dos horas.
Me levanto y aplaudo la decisión.

Los médicos me dicen que no debería incorporarme tan pronto ya que la columna no ha terminado de soldarse, y que si sigo haciendo palmas se me caerán las manos, que aún penden de un hilo por las horrendas quemaduras de tercer grado.
No me importa, quiero otorgar mi reconocimiento a las cosas que están bien hechas.

Me parece elogiable que el servicio de transporte contemple las necesidades de los menos agraciados. Mini grúas para el ascenso de los discapacitados, lugares preferenciales para embarazadas y sus cónyuges golpeadores, e inclusive asientos enfrentados, para que los gerontes aburridos puedan intercambiar historias de operaciones propias y falsas carreras universitarias de nietos o sobrinos.

Pero como todo blanco (que se precie de tal) tiene su negro (que lo ayude con las tareas cotidianas), tengo algo para reclamar.
Te di tiempo, Salgado. Aguanté muchos años callado. Incluso soporté los cartelitos de “Prohibido Salivar”. Esos que cada vez que veía, llevaban a mi imaginación a ilustrar desagradables imágenes de viejos con complejo de guanaco, desparramando flemas por todo el piso del colectivo. Nunca vomité, contuve la regurgitada para no mancharte el tapizado de los interdepartamentales, y algunas veces, incluso volví a tragar.

Y es porque no me quiero ir por las ramas, señor presidente de CUTCSA, que lo miro a los ojos (tengo una foto suya impresa en la mejor calidad que mi Canon ofrece) y le pregunto: ¿Cuándo? ¿ Cuándo vas a poner ese asiento? ¿Cuándo te vas a dignar a colocar esa alfombra roja y esa mullidita butaca?

Isabel, Madonna, Mirtha. Todas las reinas tienen sus alfombras rojas y sus correspondientes tronos. ¿Por qué entonces las majestades del transporte colectivo no tienen los cortejos y sagrarios que merecen?

La tarea del conductor de un autobús no es nada sencilla. El estrés de saberse responsable de la vida de 37 pasajeros de pie y 42 pasajeros sentados, es muy difícil de soportar. Por eso están ellas. Por eso apareció esa élite, ese grupo de heroínas dispuestas a dar todo de sí (en primera instancia, su dignidad) para que los paladines del transporte (vulgarmente llamados choferes) puedan llevar a cabo su misión, sin inconvenientes.

No es raro subirse a un 468 y encontrar al lado del chofer, una señorita de ligeros ropajes, cargado maquillaje y cuestionable moral (Dije 468, como podría haber dicho 104, 60, 320 o cualquier otro número que simbolice una línea de colectivo)
Y es por ellas que hoy reclamo.

¡Pido por la salud de los gatos del ómnibus! ¡Exijo un asiento atrás del hombro derecho del conductor, para que el putón de autobús pueda poner en reposo su trasero (ya tendrá tiempo de ponerlo en marcha)! Estas golfas merecen más atención de la sociedad. Las turras gomeras conformistas deben cuidar sus piernas ¿Qué chofer las va a querer si le revientan las várices por estar todo el día paradas? Cualquiera, es cierto. Pero no importa. No es ese el punto.

Está todo bien con los desaparecidos y los repatriados que quieren votar, pero yo me pregunto: ¿No es hora de plebiscitar la inclusión de asientos para gatos en todos los ómnibus?


Voten tranquilos. Tabaré, ya no está de humor para vetar.

jueves, 29 de octubre de 2009

Matízalo J.C.

De un tiempo a esta parte, el timón de mi vida fue tomado por Berugo Carámbula, y sus inquietas manitas hacen que mi existencia tenga tantos sacudones como fábulas inverosímiles la oratoria de la señora Zorrilla.
Incertidumbres, cambios, avances, retrocesos. He estado de un lado a otro, en un constante (aunque no simétrico) vaivén. Soy el andar de Luis Alberto, hecho vida. Y la gente nueva que me rodea… la férula.

Hoy, me encuentro trabajando en un lugar lleno de enemigos del monocromatismo. Desagradables seres que adoran el color.
Podrían morir de inanición, ya que no se detendrían a comer, tomar o siquiera respirar, si hay alguien diciéndoles que el look que trajeron hoy, está muy a la vanguardia.
Votaron todos para anular la Ley de Caducidad, porque escucharon que el rosado, es el color de la próxima temporada.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, para comprender lo que esos labios (que no se separaban más de medio centímetro) intentaban decir, logré descifrar el mensaje: “¿venis con nosotros, gor?

Carente de amigos o seres “queridos” en la vuelta, acepté la invitación de estos fundamentalistas de lo “cool”, confiando en la diversión que me prometía PILSEN, saliendo un día lunes.
- ¿No te vas a cambiar? – dijo la campeona del chic montevideano, mirando mi vieja remera negra.
- ¿Debería hacerlo? – respondí. Utilizando la retórica de manera excepcional.
- Obvio – dijo la nena. Ignorando mi capcioso auto-cuestionamiento y mordiendo con tanta fuerza su labio para marcar la “ve corta”, que casi se entierra las paletas en la encía.

Mis siguientes tres acciones* recibieron los adjetivos: grasa, terraja y untrendy, respectivamente.
Creo que fueron intentos de ofensa. Infértiles, naturalmente.

Salimos.

El frío me hacía pensar en positivo. Las chalinas de seda les quedaban muy bonitas, pero no evitarían la inminente hipotermia. No me gustan los genocidios, así que rezaba para que uno o dos quedaran vivos.
Pensé luego en la idea de soportar a Victoria Rodríguez hablar de los “Mártires de la Moda”, y cambié el pedido a Jesús, orando esta vez, para que ninguno pereciera en el camino (aunque alguna lesión cerebral -más- no vendría nada mal.

Llegamos.

El lugar estaba lleno… de productos con manzanas mordidas en sus dorsos. Los que iban conmigo, no demoraron más de 20 segundos en sacar sus computadoras portátiles y pedirse un trago con más color que ellos.

Se hablaban por chat. Intentaban seducirse dedicándose temas con un programa de computadora llamado Aytuns. Fotografiaban las chaquetas de los otros, con teléfonos de interfase táctil.
Cuando el monofónico ringtone de mi celular se hizo presente, sus narices se fruncieron con envidiable velocidad. El Nokia 1100 fue el primero en salir volando por la ventana. ¿Adivinen quién fue la segunda víctima del patovica de remera blanca y prolijísima raya en la engominada cabellera?
El tipo era un profesional. Me hizo planear con la velocidad y altura justas, para aterrizar al lado de mi teléfono.
Derrotado volví a casa. Abrí el frigobar y mientras tomaba un destilado de cebada bien fría, analizaba el spot de PILSEN. Los lunes también son días… para mamarse en casa escuchando pop japonés.





* inspeccionar mis axilas, desodorantizarlas, y ponerme el gorro de lana para salir.

domingo, 11 de octubre de 2009

NMVG (No Me Va Gustaf)

Porque no soy un autómata que consume la basofia que intenta embucharme MuchMusic y Radio Disney...
Porque peleo por los derechos de los artistas locales...
Porque hay una banda que en cualquier momento explota... y se convierte en número uno de los rankings de MuchMusic y Radio Disney...
Es que vengo a presentarles el primer corte de difusión de este gran conjunto.
Conozcan a los sensacionales.... "No Me Va Gustaf"



Que lindo que era verlos caminando
Tan solo de la puerta hasta el Roll Royce
La orilla del fainá les encantaba
Pero eso era de pueblo, así que no

Hermosa fue la vida que llevaron
Fortuna, fama, amigos un montón
Curioso es que su hija, se llamara
La Yamila, y siempre hablara de “che, bo”

Se quedan sin caviar y sin Chandon
Y sueñan, volver a la cima
Escuchan, comentar a los más viejos
“Les prohibieron el acceso al club de golf”

Extraña aquella vida aburguesada
Poder tener tres teles a color
El auto y todos los bienes raíces
Que gracias al cinco de oro, se compró

Se quedan, sin caviar y sin Chandon
Y sueñan, volver a la cima
Escuchan, comentar a los más viejos
“Ya vendieron el Blackberry y el Iphone”

Se quedan, en Soriano y Convención
Volvieron a vivir de arriba
Se escuchan, los golpes a los pendejos
No hay paredes en esta vieja pensión


Lai lai lai lai… lai lai lai lai
Le rompe
La trucha
Y espera
Que vuelva

Se queda, esperando en la pensión
Y manda a changar a Yamila
Escucha los sorteos por la radio
La quiniela puede ser su salvación

La yerba, que compró es un ofertón
La espera, con un mate a la niña
Pero no va, más por Carrasco o Punta Gorda
Porque sabe que su casta lo expulsó

Porque el ascenso social se le acabó
Sabe que es un chongo

jueves, 1 de octubre de 2009

Año Nuevo con las estrella(da)s

Julita y Pili no lo podían creer.
- Not tonight! I can’t believe it! – exclamó angustiada Pilar.
- ¡Ay nena! Hablá en español, haceme el favor; que no estás en Lotus.

¿Cómo harían para llegar a tiempo a la cena de fin de año?
Tenían menos de una hora y se encontraban completamente perdidas (el dispositivo GPS de la Pathfinder estaba averiado).
Pilar giró la cabeza para pedirle ayuda a su papá. Esta idea fue mandada de inmediato a la papelera de reciclaje. Luis Alberto yacía en asiento trasero, completamente borracho, mientras entonaba a capella “Cada vez somos más, para cambiar…”, intentando imitar la voz del Chole.
Era una noche gélida. Las calles estaban desiertas, y en el tablero de la camioneta, madre e hija divisaron algo nuevo, único, desconocido y angustiante.
- Má, ¿qué significa esa luz que se acaba de encender? – preguntó tímidamente Pili.
- No te angusties ni te desesperes por lo que te voy a decir. Creí que este día jamás llegaría. Pili: esa luz es de: ¡LA RESERVA DE COMBUSTIBLE!
Al escuchar esa última frase, Luis Alberto balbuceó: “¡Con los blancos se vivía mejor!”. Su hija sacó una petaca de la guantera, y se la enchufó, a modo de biberón.

Perdidas y sin gasolina, creyeron que jamás encontrarían el camino de regreso a casa. Desesperada y temerosa, Pilar realizó un último acto de supervivencia. Sacando la cabeza por la ventanilla, gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Batman, ayúdanos! (las periódicas sesiones de cama solar, habían estropeado parcialmente la sinapsis neuronal de Pilar).

Un hombre vestido de azul, se acercó al vehículo, intrigado por el escándalo, y golpeó la ventanilla del chofer, donde se encontraba Julita.
- ¿Sucede algo, señoras?
- ¿Y a ti que te importa, mersa? – respondió agudamente la conductora
- Señora, soy oficial de la policía. ¿Necesitan algo?
- ¡Uy! ¡De la policía! ¡Qué copado! Sos como los de C.S.I – acotó efusivamente Pilar
- Sus documentos, por favor – dijo el oficial
- ¡Ay, re bueno! Me encanta mostrar el pasaporte. Este sello es de la última vez que estuve en Etiopía. Éste es de mi viaje a Indonesia. Este otro que dice “Buenos Aires”… ehm… está equivocado, no sé que hace acá. ¡Yo nunca fui, eh! ¡Le juro que nunca fui! Éste fue Luchito, estoy segura. Me quiso hacer una broma de mal gusto poniéndome el sello de un destino proletario. Porque yo le juro que nunc….
- Señora, ¿su hija tiene algún problema? – interrumpió el oficial
- Si – sentenció apenada Julita.
Hija; cuando el señor pidió nuestros “documentos”, se refería a la cédula de identidad Ahh, esa que me pedían para entrar a Cabildo, cuando era menor…
- La misma.

Al constatar que no había irregularidades, el oficial apretó una de las puntas despegadas de la calcomanía de “Yo no los voté”, y las dejó marchar. No sin antes indicarles que cincuenta metros más adelante, había una estación de servicio que seguramente las ayudaría a resolver su terrible problema.
- ¿Ancap? ¿No es eso lo que a veces grita papá, cuando tiene pesadillas? – preguntó la sagaz jovenzuela
- Si, chiqui. No pudo privatizarlo y aún lo atormenta por las noches.

Mientras el lesionado jefe de familia, roncaba y murmuraba “forestenlón”, las chicas “P” llegaron a la estación. Sin dudarlo, Julita exclamó: - Lléneme el tanque, joven.

- Joven, cóbreme a mí – dijo Pilar, a la que le encantaba mimetizarse con su madre. Cuando era chica jugaba al “Banquero”, y se quedaba con los vueltos de sus amiguitos).
- Son mil ochocientos treinta y cinco pesos – avisó el uniformado trabajador
- Tome esto. Y guarde el cambio, joven – decía mientras lanzaba una estúpida guiñada a su progenitora.
- Señorita, ¿qué me está dando? – preguntó extrañado el pistero
- Es dinero, joven. Con él, puedes comprar polenta, fideos, mortadela. Esas cosas que tanto le gustan a la gente como tú, joven.
- ¡Deje de decirme “joven”! Y ya sé para qué sirve el dinero. Pero esto no son pesos uruguayos – respondió enfadado el joven
- Claro. Son Yenes que me sobraron de mi último viajecito – explicaba orgullosa Pilar, mientras daba palmaditas a la cabeza del pistero y miraba a su madre sin entender por qué no encendía el motor y arrancaba de una buena vez.

Julita la miró con desdén. Y experimentando un sentimiento parecido a la vergüenza, interrumpió: - Aquí tiene, cóbreme a mí.

Cuando el combustible hubo llegado nuevamente al motor, todos los dispositivos volvieron a funcionar con normalidad. Incluso el GPS.
(¿Qué? No te rías, tuerca de mierda. Es mí historia. Me tomos las licencias que quiero. Y hoy, se me canta decir que el mapa electrónico de la camioneta, no funciona a batería, sino con fuel oil. ¿Capisce? Muy bien)

Con el Google Earth miniatura en marcha, no les resultó difícil encontrar el camino a casa.
- La próxima vez, vamos tirando migajas de pan americano, como Hansel y Gretel, para no perdernos. ¿Tá, má? – dijo antes de recibir un bastonazo corrector, procedente del fondo del vehículo.

Miraron el reloj. Había dado las doce varios minutos antes. Pero Pilar, tan lúcida como de costumbre, lo atrasó un par de horas… para no llegar tarde.
A toda velocidad, la Pathfinder recorría las calles aún desoladas.
- ¡Vamos, má! ¡Tú puedes hacerlo! ¡You can do it! – dijo, sintiéndose una cheerleader
- !Callate, pelotuda! ¡Que ya casi estamos ahí!

Finalmente, cruzaron la frontera.
Ahh… que bien se sentía estar del otro lado de Arocena. El mundo menesteroso había quedado atrás.
Estacionaron el vehículo, empolvaron sus narices, se calzaron los sacos Christian Dior y abrieron las puertas de Café Misterio; donde los esperaba toda la familia, para recibir el año brindando con el Ananá Fizz más caro del mercado.
El fotógrafo gritó “whisky”, y Luis Alberto tiró su vaso de espumante a la mierda.

martes, 22 de septiembre de 2009

Más famoso que las galletitas

He descubierto que escribir desde la frustración, la ira o el enojo, resulta mucho más cómodo y productivo que crear textos que hablen del amor, la esperanza, o que tengan las palabras “alma”, “corazón”, “luna” y “princesa”.
Cuando tenía la Bic de cuatro pesos en la cartuchera y garabateaba en libretas hechas con hojas recicladas de los cuadernos sin terminar de la facultad, no había drama. Era under. Podía salir a tomar una cerveza con amigos y aunque de vez en cuando se acercaba algún fanático con dosis tan altas de respeto y admiración que asustarían al mismísimo Mark Chapman, la interrelación no duraba más que un par de minutos. Intercambiábamos opiniones, puntos de vista, la bebida destilada que cada uno tuviera en su vaso, y listo. Volvía yo contento a mi ronda de amigotes con la satisfacción del deber cumplido, y él (lamentablemente nunca se arrimó una “ella”) se tomaba el bus a casa con esas cosquillas en la panza que siente todo aquel que se sabe parte de un público reducido, seguidor de un artista (Sí, bobetas. Soy un artista) de culto, con el cual logró concretar un contacto tête à tête.
Hoy, la cosa ha cambiado.
Que no se malentienda, eh! No me estoy quejando de las regalías que Google y otros tantos anunciantes me dan por cada clic que usted hace en mi sitio. Sentarme en este sillón masajeador de última generación, y escribir en mi MacBook 2010 no es tan desagradable. Eso sí; a veces se extraña el entorno (los famosos no tenemos familia o amigos, tenemos entorno). Hawaii es un poco solitario, pero repito: no me quejo.
Si, quejo se escribe con jota, Ukelele. Olvidé mencionar que alquilé un nativo que me transcribe los textos mientras cuatro esculturales aborígenes manicuras se encargan de embellecer mis uñas y cutículas.
Extraño escribir para tres o cuatro, no lo niego. Añoro los bancos de la Plaza Cagancha, donde (entre negativa a pedido de limosna y negativa a pedido de limosna) me daba panzadas de tinta azul en renglones mal impresos, creando obras para subir a un sitio menos visitado que el de la monja canchera del EWTN.

Codearme con los salados no me desagrada.
Aprovechar el respeto que me profesa, para convencer a Saramago de utilizar la menor cantidad posible de puntos en sus obras, fue una experiencia interesante.
Cobrar en dólares por cada letra publicada, aunque capitalista y poco moral, no deja de ser algo agradableeeeeeeee y conveniennnnnnnnttttte (Confían tanto en mí, que ya ni leen mis textos. Alt + H / Contar palabras; y a otra cosa mariposa. Me mandan el cheque y todos felices).
Pero a veces, aquel espíritu rebelde, que se gastaba un pomo de 250cc de gel para dejar bien firme la cresta, y tenía una espalda fibrosa y resistente por cargar kilos y kilos de tachas sobre ella, cada vez que se disponía a crear un texto; asoma la cabecita y al grito de “¡Puto aburguesado, te vendiste al sistema!”, me recuerda lo linda que era la autonomía en el decir.

Siempre escribí para hacer catarsis. Era más barato, y menos indigno que ir a un psicólogo. Y si quería putear a alguien, ya que mi cobardía crónica me impedía hacerlo cara a cara, lo mechaba en un texto y punto; tema resuelto, psiques limpita.
En esta etapa de mi vida, de gran proliferación económica, pero opuesta soberanía expresiva, los de arriba (los dueños de los banners) me permiten putear a gusto (el epíteto vende muchísimo), pero ya no puedo nombrar al destinatario de mi repudio.
En otra época hubiese dicho: “¡_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _, sos una hija de mil putas! ¡Cobarde, traicionera, suripanta de la peor calaña! ¡Haz que un asno te penetre, oh canalla!”.
¿Ven? Hoy me censuran para ahorrarse una demanda.
De todos modos, ya me siento mejor. Las francesitas me quedaron preciosas.