Cuando descubrimos que el abuelo tenía artritis, nos dimos cuenta que tan fanático no era, y que le importaba un comino el resultado de los partidos del (que creímos hasta el momento) cuadro de sus amores. Los dedos se le cruzaban involuntariamente y los aullidos indescifrables, lejos de ser una desmedida arenga, eran gritos de dolor por el problema articular previamente mencionado.
Ese día nos sentimos muy mal por el papá de mamá, pero decidimos darle ánimo para que no se sienta un inútil. Quizás haya sido el azar, quizás el pelotudo funcionario de UTE que estaba arreglando los cables y en una desmedida maniobra con sus tenazas gigantes dejó sin luz a toda la cuadra, pero lo cierto es que el apagón nos iluminó.
Y por más confuso y contradictorio que parezca, fue así.
Las milanesas estaban casi prontas, y el puré en mitad de su proceso de elaboración. Extrañamente, la batidora se detuvo en el momento que las luces se apagaron. Suponemos que el delicado electrodoméstico tenía fobia a la oscuridad, y la ausencia de luz lo hizo paralizarse, pero lo cierto es que no hubo forma de hacerlo volver a arrancar.
Lucía se quejaba. Martín metía el dedo en esa pasta cuasi líquida con gusto a papa y leche, y Rodolfo ponía cara de culo porque ya se veía comiendo arroz otra vez.
- Ah, bo. Una vez que vamos a comer puré, se corta la luz. ¡La puta que los parió a los del Frente Amplio! – El tío Manuel no dejaba pasar ninguna oportunidad para insultar (con sentido o sin él) a los gobernantes de izquierda. A lo mejor era por su pasado militar, o quizás fue aquella tupamara que lo abandonó y lo obligó a casarse con la tía Emilia, que sería muy colorada pero tenía la geta igualita a Curiel.
La pregunta la hizo papá, que si bien era un tipo tímido y dominado por su esposa, después del tercer whisky se animaba a vender Jabones de la Descarga en el Barrio Reus.
- ¿Qué hacemos? ¿No comemos puré entonces?
Después que mamá tomara este centro y definiera al ángulo, pegándole a su marido una puteada de antología por querer “complicar las cosas, en lugar de plantear soluciones”, porque “siempre lo mismo con vos, pedazo de un idiota” y alguna otra cosa que no llegué a escuchar porque Ricardo (el amigo borracho del tío Héctor, que siempre estaba en las reuniones familiares aunque nadie lo invitaba) me tapó como de costumbre las orejas para que no escuchara, sin reparar en que yo ya tenía 30 años; encontramos la solución.
Con los ánimos caldeados y la tía Alicia pidiendo silencio para escuchar el veredicto de Carmen Barbieri respecto a la performance de Lorenzo Lamas en el regaeton de Bailando 2010, fue Carlitos el primo grandote y retardado mental (aunque seguía siendo “el bebé de la casa”) el que encontró la solución a los dos problemas.
Trayendo el bowl de la cocina, y colocando la mano del abuelo dentro del mismo, sólo fue cuestión de esperar que el parkinson hiciera su trabajo. El movimiento constante y los dedos entrelazados hicieron la tarea más sencilla. En 10 minutos, todos estábamos alrededor de la mesa, cenando en familia.
Las milanesas estaban riquísimas y aunque el puré tenía una consistencia envidiable, se percibía un extraño sabor rancio.
- Seguramente fueron las papas – dijo alguien
A partir de ese día, no compramos más en el puesto de Ramírez.
lunes, 10 de mayo de 2010
martes, 20 de abril de 2010
Para captar lectores vagos, nada mejor que un texto de 700 caracteres
Y como Dios es dios, pero no es católico, decidió juntarse con sus congéneres a tomar unos copetines en el bar de moda, que si bien estaba a un par de galaxias de distancia, valía la pena el viaje porque se llenaba de semidiosas ávidas de ascenso divino.
36 horas después y catorce Alikales de por medio, logró levantarse. Lindo nudo se le hizo en la garganta cuando se percató que había desperdiciado el sexto día de trabajo. Decidió entonces dejar el tema del costillar y la bobada de los dos géneros para otro universo y creó a su imagen y semejanza, dos hermosos hombres (porque Dios era dios, pero también era el sex symbol de la cuadra). Esos hombres se enamoraron y tuvieron descendencia. Un día nació un individuo con dos cromosomas X, pero a nadie le gustó.
Y es así que hoy, en las canchas de fútbol se escucha desde la tribuna: Los del manya son, heterosexuales. Los del manya son, heterosexuales
36 horas después y catorce Alikales de por medio, logró levantarse. Lindo nudo se le hizo en la garganta cuando se percató que había desperdiciado el sexto día de trabajo. Decidió entonces dejar el tema del costillar y la bobada de los dos géneros para otro universo y creó a su imagen y semejanza, dos hermosos hombres (porque Dios era dios, pero también era el sex symbol de la cuadra). Esos hombres se enamoraron y tuvieron descendencia. Un día nació un individuo con dos cromosomas X, pero a nadie le gustó.
Y es así que hoy, en las canchas de fútbol se escucha desde la tribuna: Los del manya son, heterosexuales. Los del manya son, heterosexuales
domingo, 18 de abril de 2010
Oruga Monocromática
Versión libre de "Mariposa Technicolor"
Todas las negras que me comí,
del uno al diez, no llegaban al PI
Nunca fui del tipo “ganador”,
llevaba a casa lo que cuadre,
no soy Osvaldo Laport
No eran minas de RedTube,
ni siquiera Chin Chin de De la Cruz
Si no venían con falla renal,
tenían Sida, varicela o de Montaner eran fans
La gente que me mira,
grita “perdedor”
Fito Paez ganó minas,
con esa geta de roedor
Ya vendrá ese gran día,
ya voy a ser yo,
el que orgulloso diga:
Tengo novia y no es un putón
Hice una banda de rock and roll,
pa’ no cambiar más pesos por amor
Ellas se garchaban al batero, al guitarrista,
el sonidista, el plomo y hasta el productor
Ninguna en mí se fijó,
comentan que era por mi mal olor
La melancolía de vivir en celibato
me arrimó hasta acá, y hoy soy pastor de Dios
Los pequeños me admiran,
creen que tengo un don,
cumplen mis fantasías,
después rezo y pido perdón
Los niñitos transpiran,
¿qué voy a hacer yo?
Mi sotana es mullida,
mas no tiene ventilación
Yo lo conozco de antes,
Ratzinger era bien
Él les daba la chance
de maldecir a ese Moisés
Les prometía un implante,
prepucios a granel,
y tatuarse en el glande
“Al Tío Adolfo le soy fiel”
Qué tipazo el Ratzinger
Qué tipazo el Ratzinger
Qué tipazo el Rat…zinger
Todas las negras que me comí,
del uno al diez, no llegaban al PI
Nunca fui del tipo “ganador”,
llevaba a casa lo que cuadre,
no soy Osvaldo Laport
No eran minas de RedTube,
ni siquiera Chin Chin de De la Cruz
Si no venían con falla renal,
tenían Sida, varicela o de Montaner eran fans
La gente que me mira,
grita “perdedor”
Fito Paez ganó minas,
con esa geta de roedor
Ya vendrá ese gran día,
ya voy a ser yo,
el que orgulloso diga:
Tengo novia y no es un putón
Hice una banda de rock and roll,
pa’ no cambiar más pesos por amor
Ellas se garchaban al batero, al guitarrista,
el sonidista, el plomo y hasta el productor
Ninguna en mí se fijó,
comentan que era por mi mal olor
La melancolía de vivir en celibato
me arrimó hasta acá, y hoy soy pastor de Dios
Los pequeños me admiran,
creen que tengo un don,
cumplen mis fantasías,
después rezo y pido perdón
Los niñitos transpiran,
¿qué voy a hacer yo?
Mi sotana es mullida,
mas no tiene ventilación
Yo lo conozco de antes,
Ratzinger era bien
Él les daba la chance
de maldecir a ese Moisés
Les prometía un implante,
prepucios a granel,
y tatuarse en el glande
“Al Tío Adolfo le soy fiel”
Qué tipazo el Ratzinger
Qué tipazo el Ratzinger
Qué tipazo el Rat…zinger
lunes, 8 de marzo de 2010
Aunque Abigail ya no esté de moda
Boulevard de los sueños rotos
Versión libre
En el Boulevard de los sueños rotos
“sueños” acá sería un eufemismo
No son bolitas, igual tocan quenas
En vano compran sus Siempre Libre
Compren hormonas que le equilibren
Esos canutos, no son de nena
Por el Boulevard de los sueños rotos
Vender el “sueño” por cien, es poco
Dame dosciento’ y me visto de Buda
Cuando Agustín sacude su mano
Viene la cana, y ahí rajamos
Somos travestis, no prostitutas
Si me viniera la menstruación
Si no fuera varón, de haber nacido nena
Los milicos dejarían vivir
No tendría que seguir
Sufriendo esta condena
En el Boulevard de los sueños rotos
Compran cariño múltiples chotos
Y a su mujer ni les dan un beso
Si hay un asado, se habla de minas
Dicen que adoran cualquier vagina
Pero sabemos que buscan hueso
En el Boulevard de los sueños rotos
Paran camiones, autos y motos
Algunos solo para hechar un meo
Las amarguras nunca son largas
Si las comparo con la de Marta
Treinta centímetros de carne al pedo
Versión libre
En el Boulevard de los sueños rotos
“sueños” acá sería un eufemismo
No son bolitas, igual tocan quenas
En vano compran sus Siempre Libre
Compren hormonas que le equilibren
Esos canutos, no son de nena
Por el Boulevard de los sueños rotos
Vender el “sueño” por cien, es poco
Dame dosciento’ y me visto de Buda
Cuando Agustín sacude su mano
Viene la cana, y ahí rajamos
Somos travestis, no prostitutas
Si me viniera la menstruación
Si no fuera varón, de haber nacido nena
Los milicos dejarían vivir
No tendría que seguir
Sufriendo esta condena
En el Boulevard de los sueños rotos
Compran cariño múltiples chotos
Y a su mujer ni les dan un beso
Si hay un asado, se habla de minas
Dicen que adoran cualquier vagina
Pero sabemos que buscan hueso
En el Boulevard de los sueños rotos
Paran camiones, autos y motos
Algunos solo para hechar un meo
Las amarguras nunca son largas
Si las comparo con la de Marta
Treinta centímetros de carne al pedo
martes, 23 de febrero de 2010
Llamale catarsis
A veces me pregunto si uno nace hijo de puta o si nuestras progenitoras van aumentando sus dosis de seudo promiscuidad, amén nosotros nos convertimos en seres jodidos, viles, malvados y sin corazón.
Yo no sé que tanto le gustaba la pija a mamá antes de parirme, pero estoy seguro que si hoy ve un frasco de Rexona en la góndola, se tapa los ojos y corre a toda velocidad para no tentarse y terminar expulsada del supermercado por cometer atentado violento al pudor o, pensándolo bien, dada su larga trayectoria en esta carrera a la que llamamos vida, “atentado violento al asco y la vergüenza ajena”.
Menos mal que es un ser humano y no un Paraíso, porque contar los anillos de su organismo para determinar su edad, le llevaría a cualquier cristiano dos o tres reencarnaciones.
De un tiempo a esta parte esa vocecita que todos tenemos dentro (no la que dice “mátalos a todos”, la otra), se ha empezado a apoderar de mí y me obliga - me convence sin realizar mucho esfuerzo, mejor dicho – a herir los sentimientos ajenos como si ellos fueran un oso polar y yo, un rejuvenecido y sensual John Locke.
Lo disfruto, lo gozo.
Hoy entiendo (aunque no justifico) a los asesinos seriales. Yo soy un criminal, un homicida; un matador de orgullos, autoestimas y emociones.
El mediocre, para sentirse bien no intenta superarse. Su satisfacción no radica en desarrollar sus capacidades y vencer sus frustraciones, sino en compararse con alguien inferior.
Crecer no es una opción, mejor contrastémonos con alguien de menor calibre (en el área que se esté intentando medir) y experimentemos el éxito en carne propia (o en carne viva si estamos jugando a quién aguanta más rato en el fuego sin quejarse).
El mediocre buena gente (por llamarle de alguna forma), se esfuerza, investiga, busca hasta encontrar ese par con cualidades inferiores; se coloca junto a él y al compararse se siente bien, superior, se cree mejor y eso le gusta.
El mediocre cómodo pero noble, prefiere no moverse. Busca en sus alrededores ese espécimen con el que contrastarse, y si lo encuentra experimenta el mismo sentimiento que los de la categoría anterior. Pero si en su círculo no cuenta con alguien de menor valor, se resigna a ser un mediocre fracasado y esto no le genera mayores resquemores. Acepta y sigue adelante.
Pero hay otra categoría de la mediocridad humana, en la que temo estar ingresando. Son los vulgarmente llamados hijos de puta, quienes en la clasificación sociológica están ubicados generalmente bajo el tecnicismo: conchudos, cara de verga, sin corazón ni interés por nadie más que ellos mismo… sí ustedes, egoístas, putos de mierda. (Del latín: Humbertum dei Vargausim)
- ¡Vergüenza debería darte! – diría mi madre si se enterara que soy uno de los miembros más destacados de ésta élite, a lo que yo respondería “Me da, eh. Mira que me da, vieja. Pero qué le vamo’ a hacer”
Soy un hijo de puta.
Como buen mediocre, no me animo a crecer; ni a cambiar o alterar alguna de mis características, por el riesgo al fracaso y la decepción que esto trae consigo. Mejor entonces recurrir al recurso de la comparación, como hablábamos anteriormente.
- Ta, gonza. Pero entonces si te comparas con aquellos que son inferiores para sentirte bien, ¿por qué te autodefinís “hijo de puta” y no “mediocre buena gente” o “mediocre cómodo pero noble”? – dirá la tercera voz que todos tenemos dentro; ésa que exterioriza las preguntas justas en el momento justo, para que vos puedas explayarte en tu razonamiento.
Te explico, bobita (ella hace lindas preguntas pero es medio cortita de entendederas, y no le pidas perspicacia porque corre al Larousse Ilustrado a buscar la definición).
Los hijos de puta, como yo, somos cómodos (sí, tonta, como los “cómodos nobles” pero diferentes. Termina de leer y después preguntas), pero no nos resignamos al fracaso, optamos por tomar el camino más fácil y doloroso (fácil para uno, doloroso para la víctima).
No vamos a salir a buscar un ser humano inferior para compararnos con él y saborear la victoria. Mejor tomamos al amigo/familiar/vecino más cercano y destruimos su orgullo, su confianza y su autoestima, al punto de hacerlo sentir la basura más inútil y putrefacta del mundo. De este modo, al tener un contrincante tan vulnerable e inseguro, podremos poner en tela de juicio cualquiera de sus afirmaciones. Con una cara seria y un gesto de confianza, haremos que el fulano vacile ante cualquier respuesta, haciéndonos con la verdad, sea en el terreno que sea.
- ¿Cómo era tu nombre?
- Marcos
- No, vos sos Julieta.
- ¿Seguro? Pero yo creí que era Mar…
- ¡Julieta!
- Ta, sí. Es verdad
Fácil. Cuando el rival está desmoronado, somos nosotros, los “hijos de puta”, los que tenemos el control. Podemos por ejemplo, convencer a un ingeniero vial de sincronizar los semáforos para que las luces cambien simultánea e idénticamente. “Es así, ingeniero. Hágame caso. ¿No le parece mucho más lindo que estén todas las luces rojas juntas y de repente, todas en verde? Sería precioso”.
Incursionar en el terreno de la manipulación no es moco de pavo, ni baba de bobo, ni leche de precoz. Pero una vez desarrollada esta técnica puedes hacer añicos los sentimientos de cualquier persona que tengas cerca.
Opa, mensaje.
“Tienes 5 solicitudes de amistad en facebook”
Bueno, disculpen. Tengo media decena de víctimas para despachar.
Yo no sé que tanto le gustaba la pija a mamá antes de parirme, pero estoy seguro que si hoy ve un frasco de Rexona en la góndola, se tapa los ojos y corre a toda velocidad para no tentarse y terminar expulsada del supermercado por cometer atentado violento al pudor o, pensándolo bien, dada su larga trayectoria en esta carrera a la que llamamos vida, “atentado violento al asco y la vergüenza ajena”.
Menos mal que es un ser humano y no un Paraíso, porque contar los anillos de su organismo para determinar su edad, le llevaría a cualquier cristiano dos o tres reencarnaciones.
De un tiempo a esta parte esa vocecita que todos tenemos dentro (no la que dice “mátalos a todos”, la otra), se ha empezado a apoderar de mí y me obliga - me convence sin realizar mucho esfuerzo, mejor dicho – a herir los sentimientos ajenos como si ellos fueran un oso polar y yo, un rejuvenecido y sensual John Locke.
Lo disfruto, lo gozo.
Hoy entiendo (aunque no justifico) a los asesinos seriales. Yo soy un criminal, un homicida; un matador de orgullos, autoestimas y emociones.
El mediocre, para sentirse bien no intenta superarse. Su satisfacción no radica en desarrollar sus capacidades y vencer sus frustraciones, sino en compararse con alguien inferior.
Crecer no es una opción, mejor contrastémonos con alguien de menor calibre (en el área que se esté intentando medir) y experimentemos el éxito en carne propia (o en carne viva si estamos jugando a quién aguanta más rato en el fuego sin quejarse).
El mediocre buena gente (por llamarle de alguna forma), se esfuerza, investiga, busca hasta encontrar ese par con cualidades inferiores; se coloca junto a él y al compararse se siente bien, superior, se cree mejor y eso le gusta.
El mediocre cómodo pero noble, prefiere no moverse. Busca en sus alrededores ese espécimen con el que contrastarse, y si lo encuentra experimenta el mismo sentimiento que los de la categoría anterior. Pero si en su círculo no cuenta con alguien de menor valor, se resigna a ser un mediocre fracasado y esto no le genera mayores resquemores. Acepta y sigue adelante.
Pero hay otra categoría de la mediocridad humana, en la que temo estar ingresando. Son los vulgarmente llamados hijos de puta, quienes en la clasificación sociológica están ubicados generalmente bajo el tecnicismo: conchudos, cara de verga, sin corazón ni interés por nadie más que ellos mismo… sí ustedes, egoístas, putos de mierda. (Del latín: Humbertum dei Vargausim)
- ¡Vergüenza debería darte! – diría mi madre si se enterara que soy uno de los miembros más destacados de ésta élite, a lo que yo respondería “Me da, eh. Mira que me da, vieja. Pero qué le vamo’ a hacer”
Soy un hijo de puta.
Como buen mediocre, no me animo a crecer; ni a cambiar o alterar alguna de mis características, por el riesgo al fracaso y la decepción que esto trae consigo. Mejor entonces recurrir al recurso de la comparación, como hablábamos anteriormente.
- Ta, gonza. Pero entonces si te comparas con aquellos que son inferiores para sentirte bien, ¿por qué te autodefinís “hijo de puta” y no “mediocre buena gente” o “mediocre cómodo pero noble”? – dirá la tercera voz que todos tenemos dentro; ésa que exterioriza las preguntas justas en el momento justo, para que vos puedas explayarte en tu razonamiento.
Te explico, bobita (ella hace lindas preguntas pero es medio cortita de entendederas, y no le pidas perspicacia porque corre al Larousse Ilustrado a buscar la definición).
Los hijos de puta, como yo, somos cómodos (sí, tonta, como los “cómodos nobles” pero diferentes. Termina de leer y después preguntas), pero no nos resignamos al fracaso, optamos por tomar el camino más fácil y doloroso (fácil para uno, doloroso para la víctima).
No vamos a salir a buscar un ser humano inferior para compararnos con él y saborear la victoria. Mejor tomamos al amigo/familiar/vecino más cercano y destruimos su orgullo, su confianza y su autoestima, al punto de hacerlo sentir la basura más inútil y putrefacta del mundo. De este modo, al tener un contrincante tan vulnerable e inseguro, podremos poner en tela de juicio cualquiera de sus afirmaciones. Con una cara seria y un gesto de confianza, haremos que el fulano vacile ante cualquier respuesta, haciéndonos con la verdad, sea en el terreno que sea.
- ¿Cómo era tu nombre?
- Marcos
- No, vos sos Julieta.
- ¿Seguro? Pero yo creí que era Mar…
- ¡Julieta!
- Ta, sí. Es verdad
Fácil. Cuando el rival está desmoronado, somos nosotros, los “hijos de puta”, los que tenemos el control. Podemos por ejemplo, convencer a un ingeniero vial de sincronizar los semáforos para que las luces cambien simultánea e idénticamente. “Es así, ingeniero. Hágame caso. ¿No le parece mucho más lindo que estén todas las luces rojas juntas y de repente, todas en verde? Sería precioso”.
Incursionar en el terreno de la manipulación no es moco de pavo, ni baba de bobo, ni leche de precoz. Pero una vez desarrollada esta técnica puedes hacer añicos los sentimientos de cualquier persona que tengas cerca.
Opa, mensaje.
“Tienes 5 solicitudes de amistad en facebook”
Bueno, disculpen. Tengo media decena de víctimas para despachar.
lunes, 8 de febrero de 2010
De cómo Agostini se convirtió en un apóstol del ritmo
Porque nuestro departamento de investigación periodística no descansa.
Porque a lo mejor influye el hecho de que esté compuesto por japoneses que quieren más el trabajo que los quirúrgicamente mejorados pectorales de sus esposas.
Porque todo gran hombre tiene atrás una gran mujer, todo gran éxito musical una gran historia y toda madre de Nacho Kliche una gran verga negra haciéndole compañía en la cama de dos plazas. Pero quedémonos con lo del éxito musical, mejor. Más adelante le dedicaremos un informe a la extraña pronunciación del señor Granger.
Coméntase que a principios de la década del 90, la señorita Nazarena Velez mantenía un tórrido romance con el otrora galán de clase media, devenido hoy en ídolo de la bailanta, Hernán Caire.
Dícese asimismo, que el amorío pasó de tórrido a violento, en dos patadas.
Angustiada por la vehemencia de su relación con Hernán, Vélez decide buscar refugio entre los rizos de una insipiente estrella de la música tropical argentina.
Es en ese momento que Daniel Agostini le promete el cielo, la luna, las estrellas y el amor eterno. Acto seguido le pide un minuto, saca una lapicera, y en una servilleta del carrito de panchos donde le declaraba su amor a Nazarena, compone un éxito.
Más adelante, Dani y Naza habrían de casarse, tener un hijo (o una hija, poco importa), tatuarse dos delfines en el cuello (sellando en ese acto de mal gusto, su amor para siempre) y separarse años después dando rienda suelta a los rumores, suposiciones y mentiras respecto a su hermosa (y siempre bien ponderada en nuestro sitio) relación.
El éxito de Nazarena, está ligado en parte a su relación con este dios de la trompeta. La mediatización de la figura pública de la blonda vedette, responde en cierto grado a haber sido la compañera de este Mesías del ritmo. Pero, ¿de dónde sale el éxito de Daniel? ¿Llegó a ser lo que es por su indiscutible talento musical únicamente? ¿Le alcanza con haber sido declarado por la revista Rolling Stone “el Charly García del pianito guitarra”, para ser la estrella que hoy es?
No.
El éxito de Agostini se consolida en el año 1994 con su disco “Boquita de caramelo”, dedicado claramente a su mujer, Nazarena.
Hasta aquí, el lector ávido de chusmerío y dato curioso podrá sentirse estafado y reclamar esa noticia bomba, que hasta ahora no ha sido dada a conocer. La hay, estése tranquilo que la hay.
¿Cuál fue el hit más recordado de ese disco? (tomamos en cuenta que todos fueron “hits”, pero hay uno que superó ampliamente las barreras de lo musicalmente hermoso).
Eso es: LA VENTANITA.
Pero, ¿de dónde consigue Daniel la inspiración para componer tan perfecto tema?, o mejor aún: ¿Fue Daniel Agostini el verdadero compositor de tan recordado himno?
No.
Intentando llegar a las marquesinas de la Calle Corrientes, Nazarena se dio cuenta que con tener buenas tetas y buen culo no alcanzaba (en aquella época al menos no) y decidió hacer (con las confesiones que anotaba en su diario íntimo en la época en que aún estaba en pareja con Caire) canciones.
Cuando las hubo terminado, se las enseñó a su talentosa nueva pareja para que aprobara los temas, creyendo poder así presentarse ante el productor Gerardo Sofovich, como una chica que no solamente se destacaba por su hermosura, sino que también contaba con dotes musicales.
Daniel le dijo: “Esto es una poronga, Naza”. Ella le miró la entrepierna, asintió con la cabeza y 15 segundos más tarde se percató que con “poronga” lo que Daniel estaba haciendo era adjetivar sus temas musicales.
Era verdad, sus temas apestaban, pero sirvieron de base para las posteriores incursiones de Daniel en los top 3 de los charts.
Como este sitio no se casa con nadie (a menos que la página oficial de Celeste Cid venga medio desnudita y nos pida contraer matrimonio, ahí cambia la cosa), publicaremos a continuación las palabras escritas en la página 38 del diario íntimo de Nazarena Velez, lugar del cual se supone Daniel ROBÓ varias estrofas para su mayor éxito musical.
A continuación: La Fajadita, por Nazarena Velez ®.
Desde que me pegaste,
Uso bufanda pa’ esconder el machucón
Desde que me fajaste,
Descubrí que era verso lo del toallón
Desde que me golpeaste,
Tengo más marcas que tatuajes Ricky Fort
Desde que me apaleaste,
Tomo baños, de inmersión en hiodofón
La geta hecha pedazos
Me arrancaste una muela
Me fracturaste el naso
Tu violencia no frena
Tengo esguince en un brazo
Me clavaste una espuela
Estoy más haraposa
Que un pabellón de Escuela
Era tan lindo tener tu cariño
Quiero dejar de hacer siempre este guiño
Va a salirnos deforme este crío
Si me seguís dando palos en frío
Porque a lo mejor influye el hecho de que esté compuesto por japoneses que quieren más el trabajo que los quirúrgicamente mejorados pectorales de sus esposas.
Porque todo gran hombre tiene atrás una gran mujer, todo gran éxito musical una gran historia y toda madre de Nacho Kliche una gran verga negra haciéndole compañía en la cama de dos plazas. Pero quedémonos con lo del éxito musical, mejor. Más adelante le dedicaremos un informe a la extraña pronunciación del señor Granger.
Coméntase que a principios de la década del 90, la señorita Nazarena Velez mantenía un tórrido romance con el otrora galán de clase media, devenido hoy en ídolo de la bailanta, Hernán Caire.
Dícese asimismo, que el amorío pasó de tórrido a violento, en dos patadas.
Angustiada por la vehemencia de su relación con Hernán, Vélez decide buscar refugio entre los rizos de una insipiente estrella de la música tropical argentina.
Es en ese momento que Daniel Agostini le promete el cielo, la luna, las estrellas y el amor eterno. Acto seguido le pide un minuto, saca una lapicera, y en una servilleta del carrito de panchos donde le declaraba su amor a Nazarena, compone un éxito.
Más adelante, Dani y Naza habrían de casarse, tener un hijo (o una hija, poco importa), tatuarse dos delfines en el cuello (sellando en ese acto de mal gusto, su amor para siempre) y separarse años después dando rienda suelta a los rumores, suposiciones y mentiras respecto a su hermosa (y siempre bien ponderada en nuestro sitio) relación.
El éxito de Nazarena, está ligado en parte a su relación con este dios de la trompeta. La mediatización de la figura pública de la blonda vedette, responde en cierto grado a haber sido la compañera de este Mesías del ritmo. Pero, ¿de dónde sale el éxito de Daniel? ¿Llegó a ser lo que es por su indiscutible talento musical únicamente? ¿Le alcanza con haber sido declarado por la revista Rolling Stone “el Charly García del pianito guitarra”, para ser la estrella que hoy es?
No.
El éxito de Agostini se consolida en el año 1994 con su disco “Boquita de caramelo”, dedicado claramente a su mujer, Nazarena.
Hasta aquí, el lector ávido de chusmerío y dato curioso podrá sentirse estafado y reclamar esa noticia bomba, que hasta ahora no ha sido dada a conocer. La hay, estése tranquilo que la hay.
¿Cuál fue el hit más recordado de ese disco? (tomamos en cuenta que todos fueron “hits”, pero hay uno que superó ampliamente las barreras de lo musicalmente hermoso).
Eso es: LA VENTANITA.
Pero, ¿de dónde consigue Daniel la inspiración para componer tan perfecto tema?, o mejor aún: ¿Fue Daniel Agostini el verdadero compositor de tan recordado himno?
No.
Intentando llegar a las marquesinas de la Calle Corrientes, Nazarena se dio cuenta que con tener buenas tetas y buen culo no alcanzaba (en aquella época al menos no) y decidió hacer (con las confesiones que anotaba en su diario íntimo en la época en que aún estaba en pareja con Caire) canciones.
Cuando las hubo terminado, se las enseñó a su talentosa nueva pareja para que aprobara los temas, creyendo poder así presentarse ante el productor Gerardo Sofovich, como una chica que no solamente se destacaba por su hermosura, sino que también contaba con dotes musicales.
Daniel le dijo: “Esto es una poronga, Naza”. Ella le miró la entrepierna, asintió con la cabeza y 15 segundos más tarde se percató que con “poronga” lo que Daniel estaba haciendo era adjetivar sus temas musicales.
Era verdad, sus temas apestaban, pero sirvieron de base para las posteriores incursiones de Daniel en los top 3 de los charts.
Como este sitio no se casa con nadie (a menos que la página oficial de Celeste Cid venga medio desnudita y nos pida contraer matrimonio, ahí cambia la cosa), publicaremos a continuación las palabras escritas en la página 38 del diario íntimo de Nazarena Velez, lugar del cual se supone Daniel ROBÓ varias estrofas para su mayor éxito musical.
A continuación: La Fajadita, por Nazarena Velez ®.
Desde que me pegaste,
Uso bufanda pa’ esconder el machucón
Desde que me fajaste,
Descubrí que era verso lo del toallón
Desde que me golpeaste,
Tengo más marcas que tatuajes Ricky Fort
Desde que me apaleaste,
Tomo baños, de inmersión en hiodofón
La geta hecha pedazos
Me arrancaste una muela
Me fracturaste el naso
Tu violencia no frena
Tengo esguince en un brazo
Me clavaste una espuela
Estoy más haraposa
Que un pabellón de Escuela
Era tan lindo tener tu cariño
Quiero dejar de hacer siempre este guiño
Va a salirnos deforme este crío
Si me seguís dando palos en frío
sábado, 9 de enero de 2010
El señor de los anillos (basado en hechos reales)
Este blog no se hace responsable del abandono al que los sometió el propietario durante este tiempo. De todos modos, estoy seguro que cuando conozcan los pormenores de mi accidente, la condena por haberme ausentado un par de meses caducará automáticamente.
Condonarán la deuda y despertaré tanta lástima en ustedes, que al verse al espejo sentirán vergüenza por haber puesto en tela de juicio el talento (o peor aún, la moral) de este pobre individuo.
Apenas treinta y cinco minutos habían pasado desde que el reloj del tío Gabriel dio las doce, cuando decidí bajar las escaleras.
Él, encargado de avisar cuando la nueva década comenzara, probaba las funciones de su nuevo Casio digital.
Así, al ritmo de La Bamba versión monofónica (emitida por la alarma del recién estrenado reloj pulsera del hermano de mamá), le dimos la bienvenida al 2010.
Todos brindaban con costosas sidras (o baratísimos champagnes, no puedo diferenciar) mientras yo, vaso de whisky (tremendamente económico, y en este terreno me permito hablar con propiedad) en mano, me disponía a repetir las frases “chin chin” y “feliz año”, unas dieciocho o diecinueve veces.
No brindo con champagne o sus humildes homólogos, por la razón opuesta a la que manifiesta la gente que se embriaga con esos berberajes. Lejos de írseme “las burbujas a la cabeza”, las muy hijas de puta se embarcan en un viaje sin escalas al más recóndito y peludo agujero de todo mi organismo, haciendo vibrar al llegar, las membranas del esfínter con la fuerza de media docena de soldados espartanos (que no tengo mucha idea, pero debían ser fuertes como la puta madre).
Luego del brindis, y habiendo presenciado la desmejorada y atrasadísima noche de las luces desde la barbacoa/azotea de la casa de mis tíos, procedí a bajar las escaleras para realizar el clásico ritual de colocar en mi boca la capa de piel muerta del turrón Il Genovesse y sentirme un católico ortodoxo tomando la comunión,.
Cuando solo me separaban dos o tres escalones del suelo, me sentí con la seguridad necesaria para saltar y caer parado sin complicaciones.
Salté.
Tuve la precaución de tomarme de la baranda con la mano izquierda, para tener una seguridad extra. Me sabía capaz de sobrepasar esos tres escalones sin problema, pero no me iba a arriesgar a tropezar y cagarle la noche de Año Nuevo a todos los que estaban ahí.
Caí.
Parado y sin resbalones, pero con un ligero dolor en la mano. Giré la cabeza para ver de dónde provenía ese pequeño tirón. Pulgar, índice, mayor y anular sin problema. Pero esperen, ¿desde cuándo tengo tres meñiques?
El anillo que adornaba el dedo más pequeño de mi mano izquierda, se había atascado con una de las “vigas” que unía la baranda a pared. El impulso que llevaba en el salto, hizo que toda la piel del dedo se arremangara, gracias a los dos cortes que generó el anillo, desde la base del dedo hasta la última falange, contra el hueso.
El dedo estaba abierto como una corvina. Se veía carne, piel desprendida, hueso, sangre.
Este es el punto del relato donde creo pertinente aclarar que soy tan blandito que ver un raspón en la rodilla me descompone, o que las pocas veces que una aguja atravesó mi piel para extraer sangre, no me desvanecí por gracia divina.
Ahí estaba yo, tomándome la muñeca, gritando como un sordomudo que intenta cantar el himno, y viendo como la sangre enchastraba la nueva moquette de la tía Ana.
¿De dónde saqué el coraje? No lo sé. Lo cierto es que me agarré el dedo (como si fuera un bebé al que le colocan en la palma de la mano un objeto), encerrándolo y apretándolo con fuerza, para que no se cayera nada.
Asustadísimo, supongo que dolorido (aunque el shock no me permitía sentir), blanco como un papel, sudando frío y convencido que desde ese día tendría problemas para calcular decenas, me trepé al auto y fui trasladado hasta el Hospital Americano.
No me desmayé, aunque desearía haberlo hecho.
Llegamos.
Cuando el liceal que decía tener título de doctor en medicina, que estaba de guardia en ese momento, vio mi dedo, su primera reacción fue decir “a la mierda”. La segunda, pedir que llamen a un cirujano plástico.
Ver que una enfermera pone cara de asco mientras te cura y llama a sus colegas para que miren lo que tiene en la mano, no era un escenario alentador en principio.
Con un calmante intravenoso, intentando no mirar mi destrozado meñique y temblando más que Michael J. Fox en invierno, vi como ingresaba por la puerta trasera de la Emergencia un obeso y sudoroso señor, con mameluco y herramientas en mano.
¿Justo ahora tiene que venir el de mantenimiento a arreglar ese tubo quemado? – pensé.
Segundos después la pregunta cambió: ¿Si el tubo luz defectuoso está para aquel lado, qué hace este mastodonte acercándose a mi camilla?
Mis sospechas se confirmaron: el señor de excesivo tejido adiposo y desagradable aroma, intentaría cortar el anillo con una tenaza.
Intentó con una… no pudo. Cambió a una pinza con más punta… tampoco. Eligió una tercera herramienta al azar y se afirmó con ambas manos, temblaba, estaba colorado, apretaba los dientes… ya era algo personal, una guerra entre el gordo y el anillo.
En el medio yo, con los ojos grandes y duros como las vergas de la sección “Camerún” de Poringa, no podía creer lo que estaba presenciando.
- Guarda, bo. No me vayas a arrancar el dedo – dije tímidamente, intentando darle un toque de comicidad y superación a mi frase. Sonó tan falso y dejé tan al descubierto mi terror, que el gordo confesó:
- Nunca me había costado tanto cortar un anillo. No puedo. No sé como vamos a hacer.
Desde ese momento y hasta que llegó el cirujano plástico, no recuerdo nada más. Las palabras del gordo me petrificaron. La mínima esperanza de salvar el meñique, se había esfumado con la desesperanzada frase del hombre del mameluco.
Según dicen, el gordo pudo sacar la pieza de bijouterie, lenta y pacientemente, cortando pedacito por pedacito.
Mi cerebro dejó su estado de suspensión cuando llegó el Cirujano Plástico.
Anestesió, toqueteó, dobló, cosió y se fue para la casa.
(Nosotros hicimos lo mismo. Obviando la parte de anestesiar, toquetear, doblar y coser).
Aunque tengo un tendón comprometido y no se si podré volver a doblar el dedo, estoy retomando mis actividades normales. Demoro un poco más que antes en hacerlas (lo cuál es lógico), aunque algunos consideran excesiva la tardanza.
No se. No me importan las críticas.
Cuando desperté (el primero de enero a las once y media de la mañana) supe que tenía que contarles lo sucedido. Empecé a escribir y no paré. Y ya está, ya lo tengo pronto para publicar.
¿Cómo? ¿Nueve de enero ya?
Ta, a lo mejor tienen razón. Voy a tener que conseguir a alguien que tipee por mí. Para el próximo texto, me alquilo un boliviano.
Condonarán la deuda y despertaré tanta lástima en ustedes, que al verse al espejo sentirán vergüenza por haber puesto en tela de juicio el talento (o peor aún, la moral) de este pobre individuo.
Apenas treinta y cinco minutos habían pasado desde que el reloj del tío Gabriel dio las doce, cuando decidí bajar las escaleras.
Él, encargado de avisar cuando la nueva década comenzara, probaba las funciones de su nuevo Casio digital.
Así, al ritmo de La Bamba versión monofónica (emitida por la alarma del recién estrenado reloj pulsera del hermano de mamá), le dimos la bienvenida al 2010.
Todos brindaban con costosas sidras (o baratísimos champagnes, no puedo diferenciar) mientras yo, vaso de whisky (tremendamente económico, y en este terreno me permito hablar con propiedad) en mano, me disponía a repetir las frases “chin chin” y “feliz año”, unas dieciocho o diecinueve veces.
No brindo con champagne o sus humildes homólogos, por la razón opuesta a la que manifiesta la gente que se embriaga con esos berberajes. Lejos de írseme “las burbujas a la cabeza”, las muy hijas de puta se embarcan en un viaje sin escalas al más recóndito y peludo agujero de todo mi organismo, haciendo vibrar al llegar, las membranas del esfínter con la fuerza de media docena de soldados espartanos (que no tengo mucha idea, pero debían ser fuertes como la puta madre).
Luego del brindis, y habiendo presenciado la desmejorada y atrasadísima noche de las luces desde la barbacoa/azotea de la casa de mis tíos, procedí a bajar las escaleras para realizar el clásico ritual de colocar en mi boca la capa de piel muerta del turrón Il Genovesse y sentirme un católico ortodoxo tomando la comunión,.
Cuando solo me separaban dos o tres escalones del suelo, me sentí con la seguridad necesaria para saltar y caer parado sin complicaciones.
Salté.
Tuve la precaución de tomarme de la baranda con la mano izquierda, para tener una seguridad extra. Me sabía capaz de sobrepasar esos tres escalones sin problema, pero no me iba a arriesgar a tropezar y cagarle la noche de Año Nuevo a todos los que estaban ahí.
Caí.
Parado y sin resbalones, pero con un ligero dolor en la mano. Giré la cabeza para ver de dónde provenía ese pequeño tirón. Pulgar, índice, mayor y anular sin problema. Pero esperen, ¿desde cuándo tengo tres meñiques?
El anillo que adornaba el dedo más pequeño de mi mano izquierda, se había atascado con una de las “vigas” que unía la baranda a pared. El impulso que llevaba en el salto, hizo que toda la piel del dedo se arremangara, gracias a los dos cortes que generó el anillo, desde la base del dedo hasta la última falange, contra el hueso.
El dedo estaba abierto como una corvina. Se veía carne, piel desprendida, hueso, sangre.
Este es el punto del relato donde creo pertinente aclarar que soy tan blandito que ver un raspón en la rodilla me descompone, o que las pocas veces que una aguja atravesó mi piel para extraer sangre, no me desvanecí por gracia divina.
Ahí estaba yo, tomándome la muñeca, gritando como un sordomudo que intenta cantar el himno, y viendo como la sangre enchastraba la nueva moquette de la tía Ana.
¿De dónde saqué el coraje? No lo sé. Lo cierto es que me agarré el dedo (como si fuera un bebé al que le colocan en la palma de la mano un objeto), encerrándolo y apretándolo con fuerza, para que no se cayera nada.
Asustadísimo, supongo que dolorido (aunque el shock no me permitía sentir), blanco como un papel, sudando frío y convencido que desde ese día tendría problemas para calcular decenas, me trepé al auto y fui trasladado hasta el Hospital Americano.
No me desmayé, aunque desearía haberlo hecho.
Llegamos.
Cuando el liceal que decía tener título de doctor en medicina, que estaba de guardia en ese momento, vio mi dedo, su primera reacción fue decir “a la mierda”. La segunda, pedir que llamen a un cirujano plástico.
Ver que una enfermera pone cara de asco mientras te cura y llama a sus colegas para que miren lo que tiene en la mano, no era un escenario alentador en principio.
Con un calmante intravenoso, intentando no mirar mi destrozado meñique y temblando más que Michael J. Fox en invierno, vi como ingresaba por la puerta trasera de la Emergencia un obeso y sudoroso señor, con mameluco y herramientas en mano.
¿Justo ahora tiene que venir el de mantenimiento a arreglar ese tubo quemado? – pensé.
Segundos después la pregunta cambió: ¿Si el tubo luz defectuoso está para aquel lado, qué hace este mastodonte acercándose a mi camilla?
Mis sospechas se confirmaron: el señor de excesivo tejido adiposo y desagradable aroma, intentaría cortar el anillo con una tenaza.
Intentó con una… no pudo. Cambió a una pinza con más punta… tampoco. Eligió una tercera herramienta al azar y se afirmó con ambas manos, temblaba, estaba colorado, apretaba los dientes… ya era algo personal, una guerra entre el gordo y el anillo.
En el medio yo, con los ojos grandes y duros como las vergas de la sección “Camerún” de Poringa, no podía creer lo que estaba presenciando.
- Guarda, bo. No me vayas a arrancar el dedo – dije tímidamente, intentando darle un toque de comicidad y superación a mi frase. Sonó tan falso y dejé tan al descubierto mi terror, que el gordo confesó:
- Nunca me había costado tanto cortar un anillo. No puedo. No sé como vamos a hacer.
Desde ese momento y hasta que llegó el cirujano plástico, no recuerdo nada más. Las palabras del gordo me petrificaron. La mínima esperanza de salvar el meñique, se había esfumado con la desesperanzada frase del hombre del mameluco.
Según dicen, el gordo pudo sacar la pieza de bijouterie, lenta y pacientemente, cortando pedacito por pedacito.
Mi cerebro dejó su estado de suspensión cuando llegó el Cirujano Plástico.
Anestesió, toqueteó, dobló, cosió y se fue para la casa.
(Nosotros hicimos lo mismo. Obviando la parte de anestesiar, toquetear, doblar y coser).
Aunque tengo un tendón comprometido y no se si podré volver a doblar el dedo, estoy retomando mis actividades normales. Demoro un poco más que antes en hacerlas (lo cuál es lógico), aunque algunos consideran excesiva la tardanza.
No se. No me importan las críticas.
Cuando desperté (el primero de enero a las once y media de la mañana) supe que tenía que contarles lo sucedido. Empecé a escribir y no paré. Y ya está, ya lo tengo pronto para publicar.
¿Cómo? ¿Nueve de enero ya?
Ta, a lo mejor tienen razón. Voy a tener que conseguir a alguien que tipee por mí. Para el próximo texto, me alquilo un boliviano.
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